Asedio a los nasa

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Indignación, furia e impotencia son algunos de los sentimientos que brotan al conocer el nuevo ataque perpetrado contra la guardia indígena en Cauca, por parte de disidencias de las Farc, que deja dos muertos y cinco heridos, entre ellos un niño de 9 años.

Este nuevo atentado se enmarca dentro de una campaña de acoso implacable que busca la expulsión del territorio ancestral de los nasa, para darle paso a más cultivos ilícitos, a un mayor control de la tierra para facilitar el transporte de la droga, y a la movilización de los disidentes.

El desprecio a la autoridad indígena por parte de los líderes de esas disidencias, y lo que supone para la preservación de sus tradiciones ancestrales, son otra muestra del nivel de podredumbre a la que el negocio maldito del narcotráfico lleva a quienes se dejan atrapar por sus fauces.

La ausencia de escrúpulos y de un mínimo sentido de la vida y de la existencia del prójimo, son apenas muestras de lo que hace el desmedido afán de lucro cuando se deposita en el corazón del hombre la avaricia, cuya capacidad de desgracia se intensifica si el objeto del mal es el narcotráfico.

La incapacidad de ver el bien, y de reconocerlo en el otro; el menosprecio por los valores ajenos y, peor aún, por la vida, la integridad personal o los bienes del prójimo, son apenas algunas de las nefastas consecuencias que trae a una nación el cultivo, la distribución y venta de sustancias psicotrópicas prohibidas.

Por el negocio de los estupefacientes, sus controlantes y secuaces son capaces de abandonar todo vestigio de humanismo, incluida la renuncia a los valores políticos. Por esto, las guerrillas abandonaron sus viejas luchas ideológicas para darle paso a las ambiciones económicas que permean a toda organización que deje entrar por cualquier resquicio a ese abominable negocio.

Una de las más importantes consecuencias de los acuerdos con las Farc fue la dejación de ese objeto ilícito. Los que no pudieron dominar la tentación de la ambición –que se cuela en las entrañas de quienes caen en sus redes– volvieron al monte bajo el estigma de disidentes.

Son estos los que no renuncian a seguir bajo la subordinación de los carteles que campean desde la Patagonia hasta México, y que deben contar en Norteamérica con aliados poderosos que mantienen abiertas las rutas y las redes de distribución en Boston, San Francisco, Ontario, Vancouver o cualquiera otra ciudad de los países consumidores.

La tragedia humanitaria que se vive con los indígenas del Cauca es otra consecuencia derivada del narcotráfico. El Estado tiene que volcarse para no permitir que se cumplan los anuncios de las Autoridades Indígenas de la Organización Nacional Indígena de Colombia (ONIC), quienes frente al sistemático y continuo genocidio padecido en el primer año del actual Gobierno (ya han perdido a 94 de sus líderes), prometen expulsar, o si es del caso capturar, a los integrantes de los grupos armados que delinquen en esa zona del Cauca.

Un enfrentamiento entre los nasa y los esbirros del narcotráfico no puede permitirse. Ese grave y riesgoso papel de sujeción sólo debe asumirlo el Estado.

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