Asuntos clandestinos

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Hasta ahora, los artículos periodísticos se limitaban a hurgar en el mundo subterráneo de las prostitutas en Cartagena, para contextualizar la irresponsabilidad de los agentes que decidieron divertirse aunque ello significara una infracción grave de quienes tenían a su cargo el apoyo a la seguridad de Obama, lo que es explicable en un año electoral en el que se buscan todos los escándalos que puedan salpicar a los candidatos.
Ayer, sin embargo, el periódico The Washington Post publicó un artículo bastante duro contra Cartagena, cuyo autor, William Booth, la describe como una ciudad que “está nadando en prostitutas” por lo que los agentes se encontraban “en el lugar perfecto para meterse en problemas”.
Booth describe cómo frente a un bar del Centro, jóvenes vestidas con jeans y zapatos bajos salen de un taxi, corren a la esquina, se cambian de ropa y salen transformadas con diminutos vestidos negros y zapatos de tacón, “listas para empezar la fiesta”, todo de manera abierta.
Afirma luego que la prostitución es legal en Colombia y que en Cartagena, a pesar de ser algo vergonzoso, hace parte de la industria turística que crece porque el país se desprende de su mala reputación de los súper violentos carteles de la cocaína y los visitantes llegan atraídos por sus playas y la arquitectura colonial de una ciudad Patrimonio de la Humanidad.
El artículo se teje habilidosamente para describir la escena de una turista bogotana que se lamenta de que ahora solo se hable de prostitutas, aunque Cartagena tiene mucho que ofrecer, y mientras dice esto hay mujeres paseando por la calle ofreciéndose a todos los hombres que ven.
Aunque las escenas sean verdaderas, queda la sensación de que la ciudad efectivamente nada en prostitutas, y decir que alguien se queja y pregunta si en Washington no hay prostitutas no es más que una apariencia de objetividad, porque el mismo periodista contesta que sí las hay, sin un servicio de autobús para llegar a ellas, ni clubes donde las prostitutas independientes buscan clientes, ni tanta cantidad de burdeles.
Nueve días antes, el mismo Washington Post publicó un artículo elogioso donde hablaba del cambio enorme de Colombia desde los tiempos en que era considerado uno de los países más peligrosos del mundo.
Es injusto de parte de The Washington Post, porque aunque lo que describe es real, está muy lejos de ser la totalidad de la vida local y resulta por lo menos exagerado e infame decir que la ciudad incitó a los agentes a “desordenarse”, que es como decir que eran hombres correctos que no pudieron resistir la tentación.
Lo que nos faltaba: ahora Cartagena es la ciudad del pecado que corrompe a los paisanos de Monica Lewinsky, Bill Clinton y Heidi Fleiss, la madama de los poderosos de Hollywood.

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