Buena intención, mal debate

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De no ser por el choque entre Juan Manuel Santos, candidato de La U, y Noemí Sanín, del Partido Conservador, el debate televisivo del domingo pasado habría pasado desapercibido. La metodología fue complicada, no se confrontó la posición de todos los candidatos en las preguntas más importantes y se gastó más tiempo en la explicación del moderador que en las respuestas de los seis candidatos. Semejante laberinto de preguntas y respuestas durmió a más de uno, antes de que empezaran los interrogantes retadores. Ni los candidatos tuvieron tiempo de redondear sus respuestas, ni los colombianos pudimos saber qué propone cada uno. Sorprende que una discusión sobre algo tan fútil como el ofrecimiento de cargos a cambio de adherencias, una práctica generalizada que no es ilegal sino antiética, captara más la atención que las preguntas sobre las estrategias bélicas en las fronteras, la lucha contra la corrupción y la inseguridad urbana. Al limitarse las respuestas a uno de los candidatos invitados, se perdió la naturaleza del debate: confrontar las tesis de varios competidores, de manera que el ciudadano pueda decidir cuál le parece más coherente y realista. Pretender que en un minuto se respondan preguntas demasiado generales sobre las políticas de cada candidato, es una utopía. Y pretender llevar a los candidatos a dar respuestas escandalosos o picantes a otras preguntas demasiado específicas, es convertir la confrontación de tesis en espectáculo de farándula. Así sólo pudo vislumbrarse muy poco de lo que piensan los candidatos y de lo que harían como presidentes para solucionar los dos o tres problemas que más atención reciben en los medios y en los sectores políticos. En semejante contexto, un candidato de poca malicia politiquera como Antanas Mockus, quedó fuera de lugar. Fue obvio que no logró sintetizar lo que piensa del apoyo de los países vecinos a las Farc ni expresar cómo enfrentaría la inyección de recursos que el narcotráfico le entrega a la guerrilla. Otros líderes de la oratoria y el discurso rápido, como Gustavo Petro y Germán Vargas, se sintieron a gusto lanzando frases cortas e impactantes, lo que no significa que tengan contundencia política de fondo. Por eso a Mockus se le vio dubitativo, lo que se interpreta como poco preparado en administración pública, diplomacia y política, cuando sí lo está. De la manera como responda un candidato a preguntas que se refieren a los problemas de Colombia, puede uno saber si tienen la capacidad de afrontarlos, pero no es posible explicar responsablemente en un minuto, la esencia integral de sus propuestas políticas. Es necesario hacer otros debates, pero con una metodología más sencilla y directa, asegurándose de que los candidatos expongan sus tesis sobre temas específicos, y si es del caso, que tengan oportunidad de confrontarse mutuamente, porque sólo así los ciudadanos pueden elegir la que consideren más coherente, realista y prometedora. Todo esto no borra la buena intención de los medios organizadores del debate, a quienes hay que felicitar simplemente por preocuparse por mostrarle al país el pensamiento de los candidatos presidenciales.

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