Caos en playas

26 de enero de 2020 12:00 AM

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El presidente de la Junta de Acción Comunal (JAC) de Castillogrande, en carta dirigida al secretario del Interior del Distrito, ha puesto el dedo en la llaga en relación con el caos reinante en las playas turísticas de la ciudad, pues el tema se ha centrado en lo que ocurre en Playa Blanca y Cholón, lo que ha distraído la discusión sobre otras zonas donde los turistas y residentes también se encuentran con el mar.

La JAC de Castillogrande señala que el desorden se extiende a las playas de Bocagrande, Castillogrande y El Laguito (Bocala), pero otros lectores se han sumado para indicar que similar situación se presenta en Marbella y La Boquilla.

Aun cuando las llamadas temporadas altas cada vez se van difuminando en la ciudad debido a que la estabilidad del arribo de visitantes crece mes a mes, sucede que en barrios que son principalmente residenciales, como los que conforman Bocala, el caos que reina en sus playas se dispara los fines de semana, cuando se reciben, sin ningún tipo de control, cientos de bañistas, sin planes de contingencia para atender la sobreexplotación de estas.

A la masiva asistencia le acompañan el ingreso de decenas de vehículos, incluidos buses de turismo que, al no encontrar dónde parquear, se toman las calles y avenidas, agravando las dificultades de movilidad que ya hay sin turismo, en Bocala, por causa del crecimiento exponencial de viviendas en edificaciones sometidas al régimen de propiedad horizontal.

Y los demás problemas, que no son menores, también se extienden a otras playas urbanas, como las ya mencionadas, desde La Tenaza hasta la Zona Norte. Esas complicaciones que se replican pueden resumirse en la mala disposición de residuos, pues los tanques y demás depósitos para basuras no alcanzan para recibir la gran cantidad de desechos que se producen en las playas; igual ocurre con la falta de baños públicos, lo cual deriva en que muchos de los bañistas realicen sus necesidades fisiológicas en patios, zonas verdes, paseos peatonales, postes y espolones, con los riesgos por insalubridad, malos olores y ofensas al pudor social; asedio de jet ski y las lanchas con donas o chorizos, y otras ofertas de diversión que ponen en riesgo constante la vida e integridad personal de los bañistas.

La falta de control y, hay que decirlo, de autocontrol, degenera también en que al final de la tarde ebrios con mal manejo de conducta, dificultan el ambiente con riñas, escándalos, abusos con sonoros equipos de sonido y otra suerte de actos que demeritan la sana convivencia.

De manera que todo ese desorden en el que se han convertido nuestras playas marítimas, encuentra en la nueva administración una oportunidad propicia para encararlo de una buena vez, pues el alcalde Dau y su lustroso gabinete cuentan con la autoridad moral y la credibilidad para que, sin abusos de autoridad, y con el concurso de los cartageneros que aman esta ciudad, forjemos un camino distinto, en el que se le dé un vuelco a la manera como hemos estado explotando las playas para que, sin exclusiones, se pongan al nivel de otros buenos destinos del Caribe.

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