Cartagena: ordenar el destino

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La ciudad entera tiene que trabajar mucho más coordinadamente (sectores público, privado y social) para que la bonanza turística no se acabe (...)

El éxito mundial arrollador del destino turístico Cartagena de Indias era impensable hace algunos años, cuando Colombia era visto como un país peligrosísimo e indeseable. Pero aun entonces, Cartagena era aceptada por entidades internacionales para hacer aquí sus eventos, y para muchos era la puerta de entrar -tímidamente- al resto del país.

Hoy las publicaciones internacionales más importantes hablan bien de Colombia y alaban repetidamente a nuestra ciudad como un sitio obligado para visitar. Estamos, en pocas palabras, en el “cuarto de hora” turístico mundial. Y para terminar de impulsar a la ciudad, la devaluación del peso frente al dólar nos hace mucho más competitivos que antes y ayuda a que puedan crecer exponencialmente las visitas de extranjeros.

Lograr esa reputación de ciudad indispensable para visitar es muy difícil, pero mantenerse allí quizá lo es más aún y la administración distrital tiene que volverse muy proactiva para tratar de estar un paso adelante de todo, en vez de tener que ser reactivos y vivir de remiendo en remiendo.

No hay dudas de que el atractivo principal de Cartagena es su aspecto monumental, histórico y ahora cultural, y cada vez más, la reputación de su gente cálida y hospitalaria se acrecienta.

Pero no podemos pensar que una ciudad de trancones a cualquier hora puede ser amable para nadie, ni para sus habitantes ni para los visitantes, cuando no hay alternativas de movilidad como ciclovías y paseos peatonales interconectados por toda la ciudad. Las aceras que tenemos en todas partes, y especialmente en el sector turístico, son mezquinas, están invadidas y caminar por ellas es un suplicio.

El primer paso es asegurarse de que sean chatarrizados la mayor cantidad posible de buses, lo que despejaría las vías de vehículos vacíos e inútiles que hoy no hacen sino estorbar. Transcaribe ya es querido por la gente y quienes lo prueban no quisieran ver más nunca una buseta ni mucho menos tener que andar en ellas.

Reglamentar las playas es también un imperativo, para que en vez de parecer una jungla, haya espacios amables y organizados por zonas de actividades para propios y extraños, en donde nadie sea acosado, ni se mezclen vehículos particulares con bañistas y peatones, como ocurre en muchos lugares de la zona norte.

La ciudad entera tiene que trabajar mucho más coordinadamente (sectores público, privado y social) para que la bonanza turística no se acabe, y sobre todo, para que beneficie a muchas más personas comunes y corrientes de Cartagena. No basta con generar más empleo formal, como lo viene haciendo el sector turístico, sino que se necesita tratar de involucrar a más cartageneros rasos como pequeños empresarios turísticos.

La ciudad no puede ser víctima de su propio éxito, sino que debe aprovecharlo y cuidarlo minuciosamente para beneficio general.
 

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