Coca y glifosato

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El glifosato es, de lejos, el herbicida más utilizado en el mundo, y está en el centro de una polémica constante en los tribunales de muchas naciones por su potencial de causar daño a la salud humana. La ambivalencia que se ha generado en el país en torno de su uso para reducir los cultivos de coca entonces no es gratuita.

Mientras que la Organización Mundial de la Salud (OMS) lo ha clasificado como un “cancerígeno probable” desde 2015, la prestigiosa Agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidos no le ha dado tal connotación.

Por su parte, el narcotráfico es, también de lejos, el principal corruptor de las instituciones que velan por la ética pública. La capacidad de daño de ese negocio maldito es tan profunda que, por ejemplo, todos los ideales que inspiraron las insubordinaciones armadas de viejas guerrillas se trastocaron cuando sus comandantes fueron absorbidos por los encantos que emanaban de cajas repletas de fajos de dólares, esa divisa que parió la más antigua democracia del planeta, pero que también la maldad acogió como fiel de descomposición del corazón del hombre.

El poder corruptor del narcotráfico se ha paseado por los pasillos del Congreso, de las Cortes, de Asambleas constituyentes y de cualesquiera instituciones públicas civiles, militares, de policía y demás entidades del orden nacional y regional, y en el sector privado y en el comunitario para vergüenza del alma de la nación sin que sospechemos hasta dónde llegan las garras de ese negocio demoníaco, que es capaz de cooptar cada día a más fervientes servidores, pero que no ha podido nunca dejar felicidad a las familias que lo acogen como salida económica. ¿Qué familia termina bien o unida, o con un legado perdurable, después de dejarse atrapar por sus fauces?

Pero la pesadilla del narcotráfico no termina, no solo porque los dólares que mueve calientan cualquier economía y las tentaciones que lo acompañan son difíciles de resistir. También tiene que ver con los dineros lavados y el control estratégico que transnacionales y potencias extranjeras pueden ejercer en nuestro país en tanto que el negocio permanezca.

Por eso, la relación entre glifosato y coca es tan importante. Y la discusión en cuanto a permitir o no su uso en el país no resulta pacífica. Es mucho lo que está en juego. Por eso, resulta difícil discernir cuando un dirigente se opone a su uso: es o porque está fletado por los carteles que lo patrocinan, o por los intereses de las multinacionales que fabrican el herbicida, o por razones realmente altruistas relativas a la protección de la salud humana y del medio ambiente.

La Corte le acaba de pasar la pelota al Consejo Nacional de Estupefacientes, que debe considerar los requisitos que le impuso en el fallo de 2017 para volver a asperjar con el herbicida.

Crucemos los dedos para que la reanudación de las fumigaciones de cultivos de coca obedezca a un proceso libre de interferencias, que se centre en autorizarlas solo cuando otros métodos sean fútiles o extremadamente peligrosos, y se minimice el daño humano y al medioambiente.

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