Editorial


Consecuencias de la laxitud

“De esa laxitud se recogen hoy agrios frutos expresados en interminables asesinatos, desplazamientos y miedo en tantos sitios recónditos (...)”.

EL UNIVERSAL

25 de noviembre de 2020 12:00 AM

El país no puede cansarse de repudiar las masacres. La insensibilidad frente al horror y el dolor ajeno -que es un riesgo que corren las víctimas del odio fratricida cuando las noticias se repiten sin solución de continuidad-, no puede anidar en nuestros corazones. Por el contrario, por cada muerto más, por cada masacre, por cada nueva manifestación de violencia, más tienen que crecer nuestras voces de rechazo a los actos demenciales, de repudio a la conducta de los violentos.

Aún no es claro quiénes son los autores materiales e intelectuales de la mayoría de las masacres y de los asesinatos de líderes sociales. Pero, a no dudarlo, buena parte de esos crímenes están financiados o azuzados por el maldito narcotráfico.

Ese negocio infame, que destruye la vida de tantas personas y familias, desuela las organizaciones sociales, corrompe las actividades públicas, privadas y comunitarias, porque no para en mientes sobre ningún valor humano o colectivo. En el negocio del narcotráfico no importa nada, porque, nada que se le oponga debe quedar en pie.

El narcotráfico es la pólvora que enciende todos los fuegos que consumen dañosamente la vida social, cultural, política y económica del país, pues apaga la salud mental y física de quienes consumen sus productos, y aniquila la vida familiar tornando, donde habitan los adictos, hogares disfuncionales que nunca más vuelven a conocer la felicidad plena. Pero también convierte en un infierno de temor y de un pasmoso presentimiento de que pronto todo acabará, a aquellas familias que viven de la comercialización de sustancias ilícitas por parte de quien se constituye en proveedor del hogar. ¿Qué familia queda en pie cuando uno de sus miembros escoge como camino el del enriquecimiento por este medio ilícito?

Y si eso es a nivel familiar, ni qué decir de lo que pasa a nivel general. Por eso, no son exageradas las críticas en cuanto a que, si bien es cierto que el largo proceso de negociación con la Farc trajo muchas ventajas para la vida en sociedad, como la disminución plausible de secuestros, pescas milagrosas, masacres, entre otros punibles, también tuvo sus facetas contrarias, entre las que se destaca el imperdonable incremento exponencial en el número de hectáreas destinadas a cultivos ilícitos, pues entre 2015 y 2018 pasamos de menos de 60 mil hectáreas a más de 200 mil, tal como lo señaló en reciente discurso el presidente Iván Duque.

¿Cómo fue que eso se permitió? ¿Qué razones válidas tuvo el Gobierno de entonces para dejar que esto ocurriera? ¿Obedeció ese crecimiento a un urdido plan maquiavélico, o fue una inevitable consecuencia de los prolongados diálogos?

Son preguntas que merecen respuestas, pues de esa laxitud se recogen hoy agrios frutos expresados en interminables asesinatos, desplazamientos y miedo en tantos sitios recónditos de la geografía nacional.

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