Convivir con el virus

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Sorprende que haya quienes aún sostengan que la petición de no cerrar la economía se soporta en una tesis que propugna por enriquecer a los pudientes a costa de la salud de los pobres, cuando de lo que se habla es de una apertura gradual que no conlleve el paso irresponsable de los trabajadores formales, de sus casas, a la calle. De lo que se trata es retornar con las debidas medidas y protocolos que hagan compatible la salud con la sobrevivencia económica. No se puede lo uno sin lo otro.

Y tampoco se trata de un asunto caprichoso. ¿Quién se atreve a negar, a estas alturas de la pandemia, que no habrá forma de retomar la continuidad de nuestras vidas sin la presencia del COVID-19? ¿Quién duda que los cartageneros no tendremos ni la vacuna ni la medicina ni la inmunidad de rebaño para olvidarnos que ese virus caprichoso existe, por meses?

Por el contrario, hoy se sabe, más allá de toda duda, que ese germen nos acompañará en adelante, al cual combatiremos con lavado de manos frecuente, el uso de tapabocas y guardando la distancia que se recomienda en vías, calles, filas, establecimientos y oficinas. Y en los sitios de trabajo, siguiendo al pie de la letra los estrictos protocolos que se han expedido y los que vendrán previa a la apertura de cada renglón de nuestras realidades culturales y económicas.

La sensatez deberá brillar. Por ejemplo, no tendría sentido que quienes puedan continuar laborando desde sus casas, dejen de hacerlo. Igual con los colegios y universidades en carreras que no requieren la presencialidad como requisito sine qua non para el aprendizaje, que bien pudieran continuar con la virtualidad al menos en las instituciones públicas y privadas donde esto fuera posible.

Dicho de otra forma, sólo deberán salir a laborar fuera de casa aquellos trabajadores de planta o los independientes que necesariamente desempeñen profesiones, artes u oficios presenciales, obviamente observando las medidas que se han dispuesto o dicten para éstos.

Ahora bien, si la tesis expresada no se comparte, pues entonces ello supondría que todos –o la gran mayoría– tendríamos que permanecer en nuestros hogares esperando a que la peste se vaya de nuestras vidas, sea el tiempo que fuere. En tal caso se tendría que aceptar la afirmación incontrastable que no será exigible a los particulares el sostenimiento ni de sus hogares ni de las personas a cargo por vínculos laborales, de amistad o de sangre.

Si ello es así, el deber de sostenimiento quedaría radicado exclusivamente en el Estado, que tendría que garantizar que no falten alimentos, medicinas y servicios públicos sin costo para todos los ciudadanos.

En un mundo ideal eso se oye muy bonito; y en ese orden procedería preguntar a los potenciales responsables si están dispuestos a hacerlo y si cuentan con los recursos para soportar indeterminadamente semejante compromiso vital. Habría que preguntarle al presidente, al gobernador Blel y el alcalde Dau si se le miden al reto y si nos garantizan los recursos y una buena gestión para su exitoso cumplimiento.

Definitivamente, en situaciones de crisis no es dable que el deseo evada a la realidad.

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