Editorial


Corresponsabilidad ciudadana

“Si ya estamos advertidos, y sabemos qué hay que hacer, urge entonces una mayor disciplina social para que en dos o tres semanas no se desborden (...)”.

Después de las primeras semanas del aislamiento preventivo que los gobiernos nacional y locales decretaron tras el arribo del nuevo coronavirus al país en 2020, lo que supuso la expedición de medidas draconianas para contener su propagación, empresarios, propietarios, empleados, mercaderes informales, entre otros, pasaron de la aprobación por la temprana y oportuna decisión, a la crítica cáustica por la quiebra del país. Si bien los aplausos fueron dispersos, las objeciones se multiplicaron para cuestionar la permanencia de unas medidas que ponían en peligro la subsistencia de empresas y familias.

Ante la evidencia de una miseria creciente se llegó a plantear que era mejor el riesgo mortal del virus que la segura muerte por hambre. Las propuestas de reapertura cuidadosa, con medidas de bioseguridad y planteando escenarios de riguroso cumplimiento individual y comunitario con aislamiento selectivo y distanciamiento individual responsable se generalizaron, incluidas las lanzadas desde esta tribuna. En general, el mundo se quebró con las medidas drásticas al comienzo de la pandemia; las pérdidas son incalculables y el retroceso económico incuestionable. Pero la nueva normalidad empezó.

Después de la reapertura, buena parte de los países del primer mundo debieron volver al confinamiento, a la cuarentena y a cierres totales. En Colombia, cuando apenas estábamos arribando al siglo XXI, perdimos en demasía con el confinamiento inicial. Por eso mismo era deber de todos cumplir con las medidas individuales y colectivas que habrían garantizado la estabilidad de una apertura responsable. Hoy vemos yates, plazas, sitios públicos y privados incumpliendo límites permitidos, incluso infringiendo reglas mínimas como distanciamiento, uso de tapabocas, etc.

Los hechos lo han demostrado: resulta fácil exigir, cuestionar y criticar a los gobernantes, pero, en conjunto, como sociedad, no hemos cumplido con la corresponsabilidad. Lamentable que, por ello, sea probable el regreso a la imposición de medidas drásticas, tal vez más agresivas y duraderas; por lo tanto, con peores efectos en nuestra maltrecha economía.

Es claro que ya en otras ciudades del país sus autoridades han tomado medidas progresivamente más restrictivas ante el incremento en la ocupación de camas de UCI, situación crítica que no es la de Cartagena.

Sin embargo, el desorden que vemos en la fantástica, por parte de residentes y visitantes, nos ponen a las puertas de padecer, en una o dos semanas, turbadores incrementos de contagios y fallecimientos.

Si ya estamos advertidos, y sabemos qué hay que hacer, urge entonces una mayor disciplina social para que en dos o tres semanas no se desborden las cifras y presupuestos, con la factible reacción de las autoridades, que considerarán riesgos-costo-beneficio. Aún estamos a tiempo de evitarlo.

TEMAS