Cuerpos de agua

17 de enero de 2020 12:00 AM

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Los cartageneros no alcanzamos a dimensionar los efectos desastrosos de la desinstitucionalización de la administración pública de la ciudad como efecto de las suspensiones, renuncias o destituciones sucesivas de alcaldes en los dos últimos lustros, y la mediocridad de nuestra clase política.

La pérdida en la unidad de propósito y dirección en los destinos del Corralito de Piedras no sólo propició el decaimiento de la planeación de su desarrollo, o la parálisis de los macroproyectos o el apagamiento de nuevas iniciativas, sino que facilitó el aprovechamiento de la ausencia de autoridad para desarticular el ordenamiento urbano, los bienes públicos y someter a la propiedad privada a la incertidumbre de los resultados de la defensa legítima frente a invasores profesionales, o novatos o individuales.

El caos se apoderó de la prestación de toda suerte de servicios estatales, con lo cual la ciudad casi se convirtió en tierra de nadie. Lo increíble es que las instituciones privadas sin ánimo de lucro, las asociaciones comunitarias y el empresariado hayan subsistido ante la ausencia de gobierno, cuando no ante gobiernos hostiles o indecorosos.

Una de las manifestaciones de la incuria del ente territorial ha sido la destrucción, ocupación, relleno y cerramiento de los cuerpos internos de agua que circundan buena parte del territorio del Distrito.

Por ejemplo, en la edición de ayer describimos el recorrido a pie desde la India Catalina hasta el Parque Apolo, en el barrio El Cabrero, para descubrir lo imperceptible que se antoja detrás del mangle que subsiste, la tala indiscriminada de vegetación, y las casas y casuchas levantadas a partir del relleno con escombros, basuras y desperdicios, que amplifican la contaminación de los cuerpos de agua que hacen su recorrido por ese y otros tramos con los que aún se interconectan varios barrios, aunque de manera precaria por su abuso continuado.

El daño ambiental que causan las invasiones parece que no está calculado; pero no hay que ser un experto para valorarlo, pues ese tipo de agresiones se sienten en la piel cuando algo de sensibilidad se posee en torno de la valía del medio ambiente.

Una ciudad que se da el lujo de perder a plena luz del día el territorio que le pertenece, así como a que se estrangulen sus cuerpos de agua internos, no sólo es una urbe indolente, también el huésped de una sociedad sin coraje y sin alma.

Puede concebirse una instancia que tenga la capacidad para reaccionar en las primeras horas del inicio de cada invasión, para lograr el desalojo con actos de policía que, según la ley, no requieren de ninguna clase de proceso escrito por tratarse de bienes públicos y de recursos naturales no renovables, si las gestiones se inician una vez se conoce la existencia de las infracciones.

Cartagena cuenta, por fortuna, con ese cuerpo, y es el Ecobloque en donde confluyen diversas autoridades nacionales y locales, con poder para impedir la pillería sobre tales bienes, y que está estrenando nuevas caras con el cambio de gobierno.

Hay la fundada ilusión de que pronto esas capacidades se volverán muy operativas.

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