Editorial


Derribar estatuas

“Viene al caso entonces preguntarse “para qué” demoler estatuas, porque la pregunta del “por qué” no tiene sentido, pues siempre habrá una razón (...)”

Recientemente se ha esbozado la idea de derrumbar las estatuas de Pedro de Heredia y Cristóbal Colón, respectivamente ubicadas en las Plazas de los Coches y de la Aduana.

Tal propuesta sigue la senda de las derribadas en Estados Unidos, que han visto caer en el último año imágenes de Colón, pero también de fundadores como George Washington y Thomas Jefferson; es decir, no se salvan ni las representaciones de conquistadores ni las de padres de la patria. Aunque tumbar estatuas no es para nada una novedad, las recientes defenestraciones se fincan en las protestas contra la brutalidad policial y el racismo con ocasión del asesinato de George Floyd por un policía en Minneapolis.

Por acá las nuevas motivaciones se relacionan con una crítica sensible contra el pasado de esclavitud y colonialismo.

De esto ni la vieja Europa se ha librado. Una estatua del británico Edward Colston fue derribada en la ciudad inglesa de Bristol, por esclavista, en tanto que en Bélgica tuvieron que remover varios monumentos de Leopoldo II, quien en el siglo XIX permitió la muerte de miles de africanos.

Antes ya había causado revuelo el que los talibanes, en 2001, destruyeran varias estatuas, algunas de ellas de tamaños colosales, con más de 1.500 años de existencia, por representar ídolos, lo cual constituye práctica condena por el Corán, lo que en el mundo occidental fue calificado como actos bárbaros o salvajes, pues la queja, justa por cierto, a razón de qué una generación destruye las huellas de creencias o sucesos que tienen un espacio en la historia, negando a las siguientes generaciones percibir la representación de ese conocimiento.

Viene al caso entonces preguntarse “para qué” demoler estatuas, porque la pregunta del “porqué” no tiene sentido, pues siempre habrá una razón, como las esgrimidas por los referidos talibanes.

Si la pregunta es “para qué”, el asunto cambia en la medida que se abre la discusión que los detractores o promotores quieren provocar con el acto extremo del simbolismo de derrumbarlas; en tal caso, bastaría con acordar entre todos removerlas de sus sitios y llevarlas a museos u otros escenarios donde ocupen el lugar que les corresponde en la remembranza de la historia que nos trajo hasta aquí.

Si simplemente se demuelen sin dar una discusión previa, de muy poco habrá servido tal manifestación de sublevación. En cambio, un proceso deliberativo, encausado por los órganos de estudio de la historia y de la cultura es un camino mucho más sensato y enriquecedor.

Seguramente, de la deliberación cívica sobre la pertinencia de tales o cuales estatuas remover y hacia dónde mudarlas por constituir verdaderas obras de arte (escultóricas), surgirán nuevas propuestas sobre a qué figuras históricas exaltar y dónde ubicar sus representaciones, teniendo claro que nosotros sólo estamos de paso y que la historia no concluye en nuestra generación.

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