Editorial


Desfogue

“Si parte de la responsabilidad por el autocuidado es de los ciudadanos, no es menos importante el rol del Estado en la debida planeación (...)”

Las expresiones de desfogue entre jóvenes cartageneros, pero también en adultos y, singularmente, entre turistas en esta larga temporada de vacaciones, no debería ser causa de sorpresa. Es todo lo contrario.

Desde los países del primer mundo hace semanas nos llegaron noticias de la dramática segunda ola de contagios de COVID-19, que claramente advertían la inevitabilidad de su ocurrencia tras los largos encierros durante los meses iniciales de la pandemia en 2020.

Si en Alemania, por ejemplo, nación con fama de contar con una población disciplinada, la alarma por los contagios y la escasez de camas UCI en el reciente rebrote, explicada por el licenciamiento que se dieron las familias, amigos y, específicamente, los jóvenes, llevó a que la imperturbable Angela Merkel, a punto de llorar clamara ante el pleno del Bundestag conciencia a sus gobernados, que se relajaron en extremo en la anterior temporada de descanso, era apenas elemental inferir que por estos lares no nos libraríamos de padecer cuadros semejantes.

Al permitir la movilidad de los colombianos y el arribo de extranjeros para disfrutar en lo posible la temporada turística en el país, por cuenta de la baja en los porcentajes de ocupación de camas COVID-19, era claro que ese desfogue concurriría también en nuestra ciudad, y no solo porque se trata de una conducta apenas comprensible después de tan larga contención personal, sino también porque de unos años para acá el caos institucional y social que hemos padecido ha puesto a Cartagena como un lugar ideal para hacer lo que se venga en gana; todo ha estado montado para que la indisciplina, el desorden y la irreverencia se instalaran en cada periodo vacacional, por lo que no debe extrañarnos que la ciudad se perciba como un lugar ideal para acometer lo que en ninguna ciudad turística que se respete, se permite.

De manera que los constantes escándalos, con música o sonidos de altos decibeles en lugares repletos de personas sin interés por respetar los protocolos de bioseguridad, o desde embarcaciones que desprecien la paz ajena, o el parqueo indiscriminado en sitio prohibidos incluso poniendo en riesgo la integridad de los peatones; en fin, toda suerte de conductas que esas mismas personas serían incapaces de acometer en otros destinos turísticos, eran perfectamente previsibles.

La lección es entonces potísima: si parte de la responsabilidad por el autocuidado es de los ciudadanos, no es menos importante el rol del Estado en la debida planeación y ejecución de los actos de ejercicio de la autoridad.

Como ya sabemos lo que pasa con muchos de los prestadores de servicios turísticos y la percepción que de Cartagena tienen tantos de quienes nos visitan, se impone abrir un diálogo entre los distintos grupos de interés, formales e informales, con nuestras autoridades, para construir una nueva imagen como un destino de primer nivel en el Caribe.

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