Editorial


Desgobierno en las playas

EL UNIVERSAL

03 de marzo de 2021 12:00 AM

Un claro factor para medir la temperatura del orden y la disciplina social en una ciudad costanera es el comportamiento de los ciudadanos en sus playas y la visión que de estas tengan los gobernantes de turno.

Durante la etapa inicial del aislamiento que se decretó como efecto de la pandemia, en el que las playas estuvieron libres de uso, se pensó que ese periodo sería empleado para su limpieza y organización. De hecho, algo se hizo con los operativos de recolección de elementos sobrantes, en desuso o sin dueños aparentes.

Se implementaron también los diseños, rústicos pero prácticos, de playas bioseguras, que fueron abriéndose al público a medida que se lograban organizar. Por cierto, es claro que los actuales componentes mobiliarios que se están utilizando como modelos para replicar a lo largo del litoral, lejos están de interpretar concepciones estéticas; pero se han aceptado porque en este momento crítico, esa falta de buen gusto en el diseño de esos elementos poco ornamentales, es una molestia menor frente a la necesidad práctica de contar con una organización que propicie un mejor control de los riesgosos contactos o proximidades entre personas de distintas burbujas familiares, y entre estas y los vendedores informales. Es elemental pensar que, una vez concluyan las causas que originaron la declaratoria de emergencia, esos mobiliarios serán removidos.

En todo caso, resulta decepcionante que ni esos elementos hayan servido para evitar lo que se propuso controlar, pues el caos y el descontrol en las playas este fin de semana no parecen ser hechos aislados.

El mejor ejemplo, para citar casos concretos, fue lo que se observó en Castillogrande el domingo que pasó, conforme con videos que circularon por redes sociales y mensajes telefónicos. Ningún sentido se encontró a la instalación de los referidos mobiliarios dispuestos en las porciones de playa señalizadas para evitar el desorden en esos espacios. Un barrio supuestamente residencial se ve abocado a la más singular anarquía por cuenta de la desatención en la prestación del servicio de autoridad, para hacer cumplir las normas de bioseguridad que se han aprobado para el uso de las playas marítimas, tanto para zonas turísticas como residenciales.

Las playas son espacios públicos; todos los ciudadanos tienen derecho a acceder a estas; pero su uso no puede ser ilimitado, máxime en tiempos pandémicos. Tendrían que hacerse cumplir normas mínimas de convivencia, como, por ejemplo, que se guarden las medidas de bioseguridad; que no se puede obstaculizar el paseo peatonal poniendo sillas y tenderetes para atender a los bañistas; que se protegerán los jardines que con tanto esmero los vecinos han sembrado y mantenido a lo largo del paseo; o que, para no seguir contando, el escándalo por música y otras fuentes de ruido no tendrían que repetirse.

¿Sucederá lo mismo este domingo?

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