Editorial


(E)lecciones de un vecino

“La política en Perú marcó su rumbo hacia los extremos, profundizando viejas heridas que mantienen divididos a sus connacionales entre dos bandos que, a medida que se alejan en sus discursos (...)”

EL UNIVERSAL

06 de junio de 2021 12:00 AM

Perú se apresta hoy a elegir entre dos opciones aparentemente extremas; y en la mitad de estos polos está una población perpleja ante los acontecimientos que les ha llevado a este punto surrealista de tener que escoger, como allá lo entienden, entre fujimoristas y comunistas.

Keiko Fujimori, hija del autoritario presidente Alberto Fujimori (quien los gobernó con mano dura y terminó condenado por crímenes de lesa humanidad), tiene ahora grandes posibilidades de alzarse con el cetro presidencial a pesar del proceso penal por lavado de activos en su contra, y de su papel de líder abiertamente obstruccionista y antidemocrática, por el que sobrepuso los intereses partidistas por encima de los de su nación.

La otra opción, un candidato hasta hace pocos meses desconocido, Pedro Castillo, hombre curtido en el campo, maestro de escuela, puramente andino, es autoproclamado leninista y marxista.

Otros candidatos, que quedaron rebasados en la primera vuelta, tenían perfiles más centristas y universales; pero el péndulo de la política en Perú marcó su rumbo hacia los extremos, profundizando viejas heridas que mantienen divididos a sus connacionales entre dos bandos que, a medida que se alejan en sus discursos, se acercan en sus propósitos. Los extremos se tocan.

En efecto, a ese nivel de anacronismo político se ha llegado por causa del descrédito de una clase política que decidió nadar en corrupción; ni los partidos tradicionales ni las fuerzas opositoras fueron capaces de sobreponerse al desprestigio de sus propias acciones, a pesar de que Perú ha recibido la admiración por sus logros económicos y sociales en los últimos lustros.

Tampoco ayudó el peso cruel de la pandemia, que terminó de apalear los sistemas sanitario y educativo, dejando al descubierto las enormes desigualdades sociales en estos dos sectores, los más importantes para la vida rutinaria de las familias, agobiadas por una contracción cercana al 30% del PIB, que mandó a la lona a millones de familias por cuenta de abultados desempleo y cierres de pequeñas y medianas empresas.

Por supuesto, los discursos basados en los conceptos tradicionales de desarrollo no tenían cabida. Al contrario, el arribo a la contienda de dos candidatos populistas con propuestas radicales de redistribución de la riqueza, retorno de las actividades económicas hacia el Estado benefactor, y apoyo a los hogares con recursos económicos directos que no se tienen, muestran un panorama inquietante en la medida que ambos perfiles denotan un delirio por la concentración del poder.

Hay que mirarse en el espejo ajeno para percibir cómo puede ser nuestro destino político inmediato. Ya sabemos que el crecimiento macroeconómico no garantiza la equidad, y que sólo volcándose a atender a los pobres, a los jóvenes y a las maltratadas minorías, se puede acercar el Estado a sus gobernados.

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