El día de la tierra

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Hoy es el día de la Tierra, ese lugar tan maltrecho donde vivimos los humanos y que destruimos cada día más, y de manera más irreversible.

En una época de gran avance tecnológico, con información científica y veraz disponible, es inaudito que haya personas que duden que el cambio climático es causado por el hombre, y que tengan estas dudas a pesar de ser formalmente bien educadas, por lo que debería ser obvio para ellas lo que le ocurre a nuestra casa compartida.

En esta categoría están algunas de las personas más importantes, poderosas e influyentes del mundo, lo que parece un contrasentido, pero así son las cosas. A veces, pareciera que aunque en el fondo saben que el cambio climático es causado por la actividad del hombre, prefieren su lucro personal, pensando quizá que el problema será para quienes vienen atrás, o que ‘falta mucho’ aún para que sea letal, a pesar de que los polos se derriten, los desiertos se agrandan y las temporadas de lluvia enloquecieron.

En Colombia, y en particular en la Costa Caribe, podríamos ser una potencia en energía alternativa, tanto eólica como solar, y esa debería ser la meta de la política pública y privada.

En lo local, a diario destruimos los tesoros naturales que tenemos a la mano, como los caños y lagunas, con sus manglares y fauna diversa, que deberíamos estar restableciendo, pero aparte de hablar y hablar, se hace muy poco, mientras sigue la destrucción. El caño Juan Angola, por ejemplo, sufre un ataque casi tan criminal como la omisión que lo ha permitido y lo sigue permitiendo, aun hoy, día de la Tierra teórico en estos lares. 

El cerro de La Popa lo diezmamos aceleradamente, a pesar de todo el palabrerío altisonante de las distintas autoridades y administraciones acerca de cómo será salvado, y todo eso al tiempo que lo talan, queman y edifican, acabando el ya escaso bosque seco tropical y su flora y fauna, que era muy variada y numerosa.

El cerro de Albornoz, otro tesoro natural, cayó víctima también de los invasores profesionales y sus aliados, algunos politiqueros sin hígado, y quizá nunca podrá ser recuperado para beneficio de las mayorías de la ciudad, como era el propósito de quienes se lo donaron al Distrito.

Todos estos iconos naturales locales son fábricas de oxigeno y de fauna, además de un legado natural para las generaciones de hoy y de mañana, que deberíamos estar recuperando, no destruyendo cada día más.

La única esperanza es que las administraciones actúen de verdad, con la colaboración efectiva del sector privado, y que se imponga la autoridad a rajatabla, como también lo piden a gritos La Boquilla y Tierrabaja.

Y luego, que la gente joven se eduque a conciencia y en la conciencia, y asuma la defensa de este tesoro del que depende la supervivencia de los seres humanos y la calidad de vida de los cartageneros.

Ojalá que así fuera.

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