El dólar

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El economista Steve Hanke, desde su columna en Forbes, nos ha puesto a repensar en la idea de dolarizar la economía doméstica.

Es obvio recibir esta propuesta con prevención; se vienen a la cabeza ideas centrales, como las de las implicaciones que puede tener el ceder soberanía sobre un asunto tan sensible como la del manejo de la propia moneda; o de la redefinición del papel que jugaría el Banco de la República en relación con la impresión de los pesos circulantes, entre otros no menos importantes, como el del control de la inflación si sobrevienen hechos macroeconómicos; o los pesados traumatismos que generarían los cambios de las cuentas a dólares, desde las bancarias hasta las contables. En fin... tantas dudas que no es de imaginar a nuestro ministro de Hacienda formularse esta posibilidad en medio de las tormentas que está capoteando justamente ahora.

Aunque no pocos colombianos prefieren comprar dólares que destinar los devaluados pesos en otras inversiones tradicionales; o remitir sus ahorros a países con cuentas en billetes verdes, lo que ha llevado a Hanke a decir con aire de exageración que nuestro peso es un perdedor a largo plazo, no pareciera ser este el mejor momento para considerarlo.

En efecto, si algún día el país tuviera que dar semejante salto, tendría que ser en un escenario mucho más claro sobre hacia dónde va la política económica y en manos de quién está el coloso del norte. Porque los bandazos que da el actual gobierno estadounidense no permiten augurar que habrá la consistencia que se requiere para ponerse en manos de la suerte que corra a nivel mundial la única moneda que todavía es universal.

Los recientes hechos lo confirman: la guerra comercial entre Trump y Xi Jinping o, mejor, entre Trump contra todo competidor económico, que se veía correr a favor del inquilino de la Casa Blanca, ha resultado en un riesgo de descalabro para las finanzas de los propietarios de los papeles de Wall Street y de la City en Londres. No contaba el presidente Trump con que Pekín se atrevería a jugar tan rudo como para devaluar el yuan hacia niveles que compensen los aranceles impuestos a los productos made in China.

Mientras Washignton esté en manos de una personalidad tan impredecible, no es posible apostarle a una moneda que puede perder influencia global frente al yuan o, incluso, ante el euro, si los europeos saben sortear -cosa cada vez más difícil- el impacto que producirá la salida de los fuertes de Gran Bretaña en manos de Boris Johnson.

Entre tanto, queda la expectación de seguir apostando a que nuestra moneda no siga sufriendo los embates de aquella guerra económica, que ya se muestra irracional; o que el petróleo no baje más allá del mínimo con el que se calculó el precio promedio del barril para sustentar los fundamentales del recién aprobado Plan Nacional de Desarrollo; o que situaciones externas, como las del retorno de Cristina Fernández al poder en Argentina, o una salida aún más masiva de venezolanos de su territorio, nos golpeen tanto que no podamos atajar seguir figurando en la punta del ranking de países con las monedas más devaluadas del mundo.

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