El fugitivo

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Santrich ha vuelto a poner sus intereses personales por encima de los de su partido, de los exmilitantes de las Farc y de la paz. Su fuga es alta traición a quienes creyeron en los acuerdos con el Gobierno y decidieron incorporarse a la vida civil y la política nacional.

Confirma también que a Santrich poco le importa el futuro de la implementación de los acuerdos, o las reglas del juego de la democracia que se comprometió a asumir con la firma de estos, o las promesas de sometimiento a la Constitución y la ley cuando se juramentó como congresista.

Es claro que había que esperar muy poco de él; la suma de los hechos, su conducta y omisiones, mostraron que no tenía la casta de grandeza que se esperaba de un alto dirigente de una organización que recibió el respaldo cerrado e incondicional de la comunidad internacional.

Nada de las experiencias vividas en torno del camino a su reincorporación, ni la contundencia como la JEP y la justicia ordinaria -Consejo de Estado, Corte Constitucional y Corte Suprema de Justicia- procedieron para garantizarle al máximo el debido proceso, el derecho de defensa y la presunción de inocencia -tal vez como a muy pocos colombianos-, valió para que obrara con lealtad frente a un país que ha esperado de él pruebas de que su célebre cinismo fuera finalmente superado por el honor y la corrección.

Evidente es que fue un error esperar tanto de quien nunca dio señales de contrición y nobleza. Con su conducta no ha hecho sino fortalecer la línea dura de quienes no aceptan que los acuerdos con las Farc abrieron caminos de paz, y que a todas luces es mejor un mal acuerdo que un buen pleito.

El país recibió una decepción más de Santrich. Pero algo bueno debe salir de esa amarga experiencia.

Por un lado, puede ganar el proceso de reincorporación de los desmovilizados, pues Santrich se suma a la línea de Iván Márquez, Romaña, el Paisa y Walter Mendoza, quienes lideran el grupo de los que sostienen que nunca debieron dejar las armas y ya se encuentran prófugos de la justicia, seguramente acogidos en Venezuela, lo cual conlleva a que se demarquen bien los horizontes entre quienes persisten en la vía de la violencia y el narcotráfico, y los que no volverán a la vida azarosa del monte y las trincheras, que son la inmensa mayoría, liderados por Rodrigo Londoño, quien junto a los senadores y representantes del partido Farc, han dado decisivos mensajes contra la conducta de aquellos, y reiterado la indeclinable decisión de cumplir los compromisos acordados y permanecer en la civilidad.

Por el otro, se recupera la tranquilidad en el ambiente político en relación con el desarrollo de los acuerdos, especialmente en el Congreso, en la JEP y en las altas cortes, pues el nefasto distractor de Santrich no hizo sino debilitar su implementación y dañar las relaciones entre los líderes de los distintos partidos políticos, así como la credibilidad en la justicia.

Mientras lo capturan para someterlo a la ley, persistamos en los esfuerzos para consolidar el cumplimiento de unos acuerdos que pueden abrirle camino a una paz estable y duradera.

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