El Laguito

19 de agosto de 2019 12:00 AM

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No hacer nada es una estrategia que puede rendir frutos cuando obedece a una planificación reflexiva, con miras a un resultado que requiere de una prudente pasividad. Pero cuando hacer nada no es una estrategia, sino una mísera expresión de negligencia, permisividad o indiferencia, se convierte en un acto culposo y, por ende, condenable.

El Laguito es un buen ejemplo de lo que significa en término ciudadanos, no hacer nada. Y las consecuencias saltan a la vista.

La mortandad de peces que se reveló este fin de semana en ese connotado barrio con el que la ciudad remata sus sectores turístico y residencial, se constituye en una nueva tragedia ambiental y en prueba fehaciente de lo que significa para una comunidad la inexcusable opción de dejar pasar.

El fracaso institucional de Cartagena se mide principalmente en barrios donde la pobreza ofende a toda persona que tenga el alma bien puesta. Las tragedias ambientales en sectores de estratos 1 y 2 se viven día a día sin necesidad de especies muertas. Los malos olores en algunas de nuestras vecindades más abandonadas están tan integrados al ambiente, que sólo parecen percibirlos los nuevos visitantes, y la pregunta que les asalta es ¿cómo se puede uno acostumbrar a vivir en un entorno ambiental tan agresivo?

Pues en Cartagena eso también pasa en los estratos altos, donde se supone que viven los ciudadanos pudientes. Y El Laguito es la mejor muestra de ello. ¿Cómo es que en el supuesto estrato 6 de la ciudad se puede llegar a unas condiciones ambientales tan misérrimas?

Si a la anterior realidad se le suman el caos en movilidad, producto del parqueo de decenas de buses y busetas de transporte público y turístico, o la proliferación de tiendas y chozas de ventas de comidas informales en el espacio público (playas y andenes); el funcionamiento de negocios que pauperizan la calidad de vida de sus residentes y visitantes (basta recordar cuántos años burló la Casa Benjamín todas las normas de convivencia, bajo el absurdo prurito de que allí se desarrollaban actividades para adultos que no están prohibidas legalmente)... en fin, diversas conductas, actos y hechos que llevan a preguntarse cómo es que los propietarios de los inmuebles admiten seguir pagando como estrato 6 lo que por momentos se asemeja a una selva de cemento.

La boca de El Laguito se fue cerrando manera perceptible, en las narices de todos los dirigentes cívicos, políticos y gremiales de la ciudad. Y así sigue, como si nos hubiésemos acostumbrado, precisamente porque aquí no pasa nada.

Y es inexcusable si recordamos que se han presentado al menos cuatro propuestas de solución que ni al Distrito ni a la Nación les costaría ni un peso; pero como han venido del sector privado, pues ni siquiera se consideraron, como que no había allí retén para cobrar. Y es otro entuerto que le explota al alcalde encargado, quien con razón ha dicho que los recursos de la Sobretasa Ambiental que se cobra en la ciudad, debe dirigirse a solventar esa y otras situaciones similares.

Esta alternativa, y otras que se han mencionado, hay que ponerlas sobre la mesa.

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