El libro blanco

07 de julio de 2020 12:00 AM

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El domingo pasado el alcalde presentó la primera parte de un informe que al final será recogido en un documento denominado ‘Libro Blanco’, sobre presuntas irregularidades cometidas en administraciones pasadas, producto del análisis de las carpetas de empalmes de los funcionarios salientes, y lo encontrado por los secretarios, jefes de oficina y directores de entidades descentralizadas durante los primeros meses de gobierno. El propósito no es sólo revelar a la ciudadanía lo que consideran son hallazgos de irregularidades, también entregar el Libro a los órganos de control.

Los libros blancos son documentos empleados para facilitar a los gobernados y otras autoridades la comprensión de un tema o para adoptar una decisión, en remembranza al primer Libro Blanco de Churchill emitido en 1922. Ha cumplido así William Dau otra de sus promesas de campaña, consistente en dar a conocer a la opinión pública actos que presuntamente hayan causado un daño antijurídico contra el erario.

Ya hay voces que, frente al evento del domingo, han manifestado que con eso el alcalde Dau puede comenzar a gobernar en asuntos estratégicos y dejar las denuncias en manos de los órganos de control y juzgamiento. Por sus discursos de campaña, por claros mensajes que ha brindado durante estos primeros meses de gobierno y por su talante, los cartageneros podemos olvidarnos de que el alcalde cambiará en esa tónica. Por el contrario, el mandatario ha sido claro en cuanto a que fue elegido sustancialmente para combatir la corrupción y la pobreza. Entonces, carece de sentido exigirle o esperar que decline en la continuidad de esa línea crítica contra la clase política tradicional, los anteriores gobiernos y los funcionarios de pasadas administraciones.

Tampoco tiene sentido esperar que varíe su visión sobre los órganos de control. El alcalde Dau ha sido enfático en que no cree en el funcionamiento efectivo de estas instituciones, pues no ha visto resultados concretos en las denuncias que presentó a lo largo de años de batalla como veedor ciudadano.

Los cartageneros y, vale decirlo, el país, tenemos que acostumbrarnos a que en su agenda diaria seguirán las horas destinadas a su vieja y más que justificada lucha. Pero una cosa es lo que debemos esperar del alcalde y otra la que tenemos derecho a exigirle.

A estas alturas seguramente el burgomaestre distrital ya tendrá claro que, a las horas de su agenda diaria de compromisos ‘anticorruptivos’ le deben acompañar los espacios para planear, organizar, delegar, dirigir y liderar el resto de la gestión que le corresponde por ley, especialmente aquella que va en la lucha contra la pobreza, lo cual incluye tanto hacer obras, como conseguir más recursos y coordinar programas concretos para mejorar la cultura ciudadana hacia una urbe con un desarrollo social y humano sostenibles.

Aunque las formas y el rigor en algunas denuncias despiertan inquietud y pudieran llevarlo a futuras retractaciones, es inadmisible dejarlo solo o castigarlo por su empeño en librar una guerra contra el peor de los males de la República.

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