El primer año

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Se cumple el primer año del presidente Duque. Sus promesas y plan de gobierno, centrados en los ejes de más equidad, más emprendimiento y una cultura de legalidad, permiten apreciar a una administración que ha padecido las sombras de la inexperiencia, las veleidades de sus aliados, las energías de la juventud y las luces de la buena fe.

Esa combinación de fortalezas y debilidades, sin encontrar una forma más efectiva de mostrar lo bueno que se ha hecho en estos 12 meses, no han permitido inclinar la balanza hacia una percepción más positiva de su mandato, lo cual influye no solo en su baja calificación sino también en un prolongado y peligroso pesimismo sobre el futuro del país.

Es evidente que a ese alto margen de ciudadanos pesimistas el actual Gobierno no ha sabido contarles que las leyes que le aprobaron en el Congreso, lo fueron a partir de una inédita relación de independencia entre el Ejecutivo y el Legislativo, pues lo que queda en el ambiente es que fracasó en sus relaciones con el parlamento y no que el camino escogido implica unas nuevas dinámicas dirigidas a disminuir los niveles de corrupción política.

En el plano internacional, de poco ha servido el liderazgo en el cerco diplomático al régimen venezolano, o la fraternal atención a la profusa migración desde Venezuela.

Tampoco el cambio en la tendencia en los últimos 7 años en el crecimiento de cultivos ilícitos, o la mejora en la percepción de riesgo país a nivel global, como lo prueba el crecimiento en la inversión extranjera directa en lo que va corrido del año.

En materia social, logros como el más alto aumento del salario mínimo en los últimos 25 años, o el incrementó en un 10% el subsidio del programa ‘Colombia Mayor’, o en el 45% en los recursos del PAE para 2019, o en recursos para la educación superior pública durante el cuatrienio en más de $4,5 billones, o el acuerdo de Punto Final en el sector salud, no logran ser percibidos como resultados reales de la administración Duque.

A nivel regional, la decisión de oficiarse por un nuevo operador de energía eléctrica, o por la recuperación del canal del Dique, las inversiones para los Juegos Nacionales, la protección costera o para las industrias creativas, muestran que Cartagena y Bolívar cuentan con el gobierno central.

Pero nada de esto se siente en el ambiente. Por el contrario, la percepción se fija en aspectos negativos, como que no lidera o sabe liderar, que no concita entusiasmo alrededor de sus propuestas, que no se identifica cuál es el propósito nuclear de su gobierno, o que estos cuatro años se perderán, al punto que no se apaga el temor de un giro hacia una izquierda radical y prochavista que destruya la economía, entre otras aprensiones.

Si a esto se suma el creciente desempleo o la inseguridad urbana, la modorra de la fuerza exportadora, la parálisis en la construcción de vivienda y comercios, el poder progresivo y petulante del narcotráfico y la sensación de que al régimen corrupto no lo compone Duque, se requiere de un alto en el camino, y la consecuente revisión de la estructura y el sentido de su Gobierno. El país no quiere perder la esperanza en su joven líder.

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