El secuestro

16 de marzo de 2019 12:00 AM

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Con gran preocupación los Montes de María han recibido la noticia del secuestro de los hermanos Dayro y Wilmar Rivera Rodríguez en la vereda La Playa, jurisdicción de San Juan Nepomuceno, delito execrable, el cual no ocurría desde hace 10 años en tan importante subregión.

Alerta también a todo el Departamento, que comenzaba a olvidar lo que significó padecer esa pesadilla de la que el país comenzó a salir tras los procesos de negociación con grupos paramilitares (bajo el gobierno de Álvaro Uribe) y con la guerrilla de las Farc (en el gobierno de Juan Manuel Santos), que redujeron los secuestros en más del 90 %.

En efecto, después de los máximos históricos de 3.572 en el año 2000, con un promedio de 10 secuestros diarios, en 2018 se dieron 170 casos, lo que también explica por qué ha impactado tanto la dolorosa noticia del plagio de los citados hermanos.

De la terrorífica experiencia vivida en las décadas 90 y 2000, el país recuerda la afectación profunda a las familias de los secuestrados, pero también el daño que hizo a toda la sociedad.

En cierto sentido, la Nación estuvo secuestrada por años que parecían sin término, en los que la desconfianza y el desasosiego traspasaron las puertas adoloridas de los hogares castigados impunemente por los plagiarios, y penetraron en la conciencia nacional hasta llevarla a niveles de pesadumbre que nadie quiere recordar, con el consecuente debilitamiento de la legitimidad de un Estado que se percibía incapaz de proteger a sus ciudadanos, y de contener las distintas formas de violencia que mantuvieron al país como una nación fracasada ante la comunidad internacional.

Se valora, por ello, el esfuerzo que están desplegando las autoridades civiles, militares y de policía para liberar a los plagiados y someter a sus captores, según el informe rendido por estas ayer, luego del consejo de seguridad que se realizó en la Gobernación de Bolívar. De la misma manera, para identificar la naturaleza del secuestro, que pudiera estar vinculado a la delincuencia común, que es, de hecho, la principal causa generadora de este abominable delito.

Pero se necesita también que la comunidad colabore no solo en este caso, aportando datos de movimientos extraños o denunciando la presencia de grupos o personas sospechosas que pudieran estar detrás de estos o similares punibles, sino también manteniéndose como una comunidad cohesionada, en armonía con las autoridades, pues solo así se puede hacer frente eficiente a esa amenaza obscura de la paz social.

No está de más instar a las autoridades a que pongan su mayor empeño en resolver lo más pronto posible este hecho criminoso, pues no puede quedar en el ambiente que estemos a las puertas de una escalada en este atroz delito, sino que, por el contrario, se trata de un hecho aislado que en nada comprometerá la percepción de seguridad que con tanto esfuerzo, dolor y sacrificio se logró que retornara a la maravillosa subregión de Montes de María.

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