Editorial


El trancón de ayer

“Amerita revisar muy bien lo que pasó para determinar cómo reducir los impactos negativos de eventos como estos. Esa revisión debe hacerse con la comunidad”.

EL UNIVERSAL

04 de junio de 2022 12:00 AM

Si algo le sienta bien a una ciudad turística es un evento en grande, de positivas repercusiones nacionales o internacionales. Por eso, los habitantes de Cartagena han cultivado una gran paciencia para soportar la multiplicidad de actividades que demandan el uso de áreas públicas en avenidas, plazas y playas.

Sin embargo, las autoridades y los empresarios que organizan eventos masivos en tales espacios deben tener cuidado de no abusar de esa paciencia. En el exceso está el pecado. Y la paciencia puede romperse a un nivel tal que las comunidades comiencen a oponerse a la ejecución de eventos que dinamizan, y de qué manera, la economía regional. Algo de esa rebeldía se estaba viviendo antes de la pandemia en urbes turísticas como Barcelona o Venecia.

Los monumentales trancones que se vivieron ayer en la Zona Norte, Crespo, la Santander, la vía principal del Paseo Bolívar, parte de la avenida Pedro de Heredia y hasta el Centro y Bocagrande, impactaron negativamente la vida de muchísimas personas, y no solo de residentes. Las quejas de pérdidas de vuelos y otras situaciones desagradables que no es del caso detallar en tan breve espacio, nos llaman a que repensamos cómo estamos organizando y difundiendo eventos que, como la primera etapa de la Vuelta a Colombia (organizada por la Federación Colombiana de Ciclismo), deberían ser una bendición para el reencuentro con la vocación de esta urbe, pero que pueden agriar la vida de miles de cartageneros.

Y eso no lo quieren ni las autoridades ni los empresarios que organizan estos eventos ni todos aquellos que tienen el poder de hacer tales programas más fáciles para el desarrollo de la vida en comunidad.

A pesar de que se fijaron con antelación los desvíos para la movilidad en la ciudad, y se divulgaron por distintos medios, ayer la situación se les salió de las manos a las autoridades y organizadores.

Amerita revisar muy bien lo que pasó para determinar cómo reducir los impactos negativos de eventos como estos. Esa revisión debe hacerse con la comunidad, con sus voceros, con empresarios representativos del turismo y el comercio, con expertos en movilidad, y aprender de lo que hacen en otros lares. Empezando por el vecino Atlántico, en donde contaron con una mejor organización (policías verdes, de tránsito y otros de azul claro, cada tantos metros; señalización, campañas de difusión, etc); pero desde Lomita Arena para acá, muy poco de eso.

Y si nos comparamos con otros mundos, Mónaco con su Fórmula 1 por ejemplo, habría que tener en cuenta que lo hacen una vez al año, y es una fiesta colectiva que deja millones de dólares y de vistas al mundo. Acá, en la práctica, estamos teniendo eventos masivos en espacios públicos varias veces al año, sin las alternativas de movilidad e ingresos que Montecarlo ofrece a sus residentes.

¿Qué siente el alcalde en su piel cuando estas cosas pasan sin que nada pase?

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