Ilusiones universitarias

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El pasado domingo algo más de 26 mil estudiantes de último grado del calendario A en el Departamento de Bolívar concurrieron a presentar las pruebas Saber 11. A no dudarlo, un día inolvidable en la vida de miles de adolescentes y jóvenes que, en cierto sentido, cada año se juegan parte de su destino, pues de los resultados de estas pruebas del ICFES dependen las alternativas que tendrán para cursar sus estudios superiores.

Había que ver las caras ilusionadas de muchos padres que acompañaron a sus hijos a las puertas de las instituciones donde presentarían las pruebas a tempranas horas. A las normales preocupaciones de los muchachos también acompañaban, seguramente en secreto, las de sus progenitores, quienes visionaban cuál será la suerte de sus retoños con los resultados que en pocas semanas conocerán.

Imaginarse el esfuerzo de tantos padres para que sus hijos persistieran en las clases optativas que les ayudan a prepararse para estas pruebas del Estado, con miras a competir exitosamente por el acceso a un cupo en las instituciones universitarias. Esfuerzo que es más encomiable para aquellas familias que no podrán pagar las matrículas de las universidades e institutos de educación privada.

Pensar en lo que hay en las mentes y corazones de esos padres que saben que la única opción que tienen sus hijos para estudiar es ingresando a la universidad pública, se muestra como una realidad punzante que merece la mayor atención. Sus ilusionados hijos apenas tienen alguna idea de lo que cuesta estudiar, por ejemplo, Medicina en una universidad privada, u otras carreras tradicionales que resultan inalcanzables para tantos estudiantes que sueñan con ingresar al mercado laboral con un diploma que los acredite para ser vinculados a empleos formales, en donde puedan desarrollar sus potencialidades y forjar sus destinos.

Desde esta óptica es claro que los cupos en las universidades públicas de la región son insuficientes, con lo cual los bachilleres pobres tienen mínimas opciones para desplegar sus vocaciones profesionales. Y qué pesar que se diluya el talento de tantos niños y jóvenes que no tendrán similares oportunidades a las de aquellos cuyos padres tienen los recursos para respaldarlos.

Es tiempo entonces de revisar los pénsum académicos de las universidades públicas, para incorporar programas que rompan con los clásicos esquemas de formación en profesiones tradicionales, en tiempos en que los jóvenes no sienten que esas carreras satisfacen sus inquietudes profesionales tras el arribo de los novedosos desarrollos tecnológicos, y las tendencias a explotar las capacidades de emprendimiento que se revelan con tanta incidencia en este cambio de época.

La disponibilidad de talento para el emprendimiento de base tecnológica o para el desarrollo de la economía naranja, no requieren de carreras de cinco o más años. El mercado reclama más tecnólogos de altísima calidad, y allí tendrían que entrar las universidades públicas a brindar opciones a los estudiantes de escasos recursos económicos.

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