Editorial


La división de los partidos

“Los partidos, tal como están, dan grima. En verdad que cuesta trabajo al ciudadano común y corriente identificar qué los caracteriza o en qué se diferencian (...)”.

La escisión es una figura típica del derecho mercantil, por el cual una sociedad comercial, sin disolverse, transfiere en bloque una o más partes de su patrimonio a otra sociedad existente o para la creación de una nueva.

Esta institución, vigente desde 1991, que por analogía se ha hecho extensiva a otras ramas del derecho, pudiera ser la salida al malestar que se siente en el interior de los partidos y movimientos políticos. Ayer publicamos un informe que resume el estado de fastidio y división que hay entre los dirigentes y directivas de aquellos y estos, exacerbados en las últimas semanas en que, en extremo prematuramente, comienzan a perfilarse las candidaturas presidenciales y proyectarse las movidas de cara a los comicios para llenar las curules en que se deberán agrupar senadores y representantes para la conformación de las fuerzas políticas que apoyarán, controlarán o combatirán al gobierno de Duque y a quien lo reemplace.

Como ya no es posible el transfuguismo (pasarse de un partido a otro sin la sanción de pérdida de la curul), la única opción inmediata que tienen los actuales congresistas es la de la escisión, por estar contemplada en la Ley de Partidos, como ya lo han solicitado miembros de La U y el Polo Democrático, pero se sabe que vienen en camino jugadas equivalentes desde otras agrupaciones políticas.

Lo cierto es que el país político, pero también el país concreto, necesitan que se le dé vía libre a la división de nuestros partidos. Así como están no prestan el servicio natural para el que han sido concebidos en democracia. Por el contrario, como la mayoría de estos nacieron por razones coyunturales, para resolver dinámicas electorales alrededor o en contra de las figuras de Uribe y Santos, ya no tienen cabida dentro de la realidad impasible, que no circunstancial, de la pobreza, la corrupción, el narcotráfico, la violencia y la exclusión social, factores constantes que no han sido removidos a pesar de la existencia de esos partidos o, cabe decirlo, precisamente por causa de la maledicencia o la mediocridad de estos.

Lo ideal sería que se sinceraran los dirigentes de todos esos movimientos políticos accidentales, pegados con babas o sostenidos por los intereses creados, y no precisamente por razones ideológicas, que son las que dan vida y sostienen, en la teoría política, a las agrupaciones perdurables de personas que se unen por una causa pública deseable, para la conquista y preservación del poder, concebido con el fin del servicio y la defensa de la identidad nacional y los intereses del pueblo.

Los partidos, tal como están, dan grima. En verdad que cuesta trabajo al ciudadano común y corriente identificar qué los caracteriza o en qué se diferencian unos de otros y, por el contrario, pareciera que sólo se muestran interesados en que se vea el perfil más vergonzoso de las razones que los motivan.

Si la conjunción en reagrupaciones de políticos con perfiles y talantes similares pasa por la escisión, habría que rogar a sus directivas que no le den largas a su viabilidad.