Editorial


La estrategia sin ideología

Sin el apoyo de las comunidades rurales, las Farc no pueden adaptarse como antes al territorio poblado y se replegaron a sectores inhóspitos en la escabrosa geografía nacional para instalar sus campamentos.
Como ya no pueden adelantar una guerra integral contra las fuerzas armadas oficiales, se lanzaron a la movilidad permanente y a pactar alianzas coyunturales y desparramadas con las bandas criminales y los pequeños carteles del narcotráfico para hacer ataques rápidos en distintos sitios del país, pretendiendo crear la sensación de que mantienen su capacidad.
Esos ataques hacen daño, porque matan a colombianos valientes como nuestros soldados, que se sacrifican para enfrentar la amenaza terrorista en territorios remotos y agrestes, y los matan con las estrategias bélicas más infame: la emboscada, las minas quiebrapatas, la ofensiva a mansalva y el remate de los heridos.
En los últimos ocho días, sin embargo, las Farc sufrieron dos contraataques contundentes, continuación de la dinámica militar de Santos como ministro de Defensa de Uribe, y ahora como Presidente, y que a la vez es el comienzo de una ofensiva sostenida y enérgica con estrategias nuevas, empleando mejor las unidades tácticas llamadas fuerzas de tarea conjunta, cuyos integrantes son militares preparados más concienzudamente para golpear a los frentes, identificando y localizando a sus cabecillas, quebrando sus líneas de abastecimiento, realizando acciones luego de un planeamiento detallado que se sostiene en la labor paciente y larga de inteligencia.
Es evidente que la guerrilla cambió notablemente su estrategia, pero ese cambio supuso además una transformación profunda de sus principios ideológicos, porque las alianzas con el narcotráfico y las bandas criminales le restan aún más credibilidad y base política, equiparándolos con los delincuentes comunes.
Es tan protuberante y dañino ese cambio, que a la falta de figuras con estatura mítica para los partidarios de instaurar el comunismo mediante las armas, han tenido que seguir acudiendo a las enseñanzas y prestigio de los fundadores ya desaparecidos del grupo, Jacobo Arenas y Manuel Marulanda, cerebro estratégico y táctico del combate militar, respectivamente.
No sólo las Farc carecen de jefes como Arenas y Marulanda, sino que tampoco tienen un discurso político que seduzca, excepto a los criminales, narcotraficantes y delincuentes de toda laya.
Su falta de soporte terminará por provocar su derrota, aunque no será un camino corto ni fácil, pero se acerca con golpes tan devastadores como los que le significaron a esa guerrilla más de 70 bajas en los últimos ocho días, que además arrastran la moral de sus militantes.
Ya las Farc no son la guerrilla de convicción ideológica férrea que se movía hábilmente de noche, con un gran conocimiento del terreno y con una capacidad enorme para la sorpresa en sus combates con el Ejército.
Son una agrupación criminal, contra la que se enfrentan no sólo las Fuerzas Militares y de Policía, sino el país entero, cansado de sus mentiras e infamias.
Su único horizonte es la desmovilización y la inserción a la sociedad, donde podrán confrontar al Estado con ideas y no con balas, como han hecho los antiguos miembros del M19 y de otros grupos guerrilleros.