Editorial


La futilidad de los partidos

“En suma, el papel denigrante que hoy muestran los partidos políticos, en el sentido en que pareciera que solo sirven para dar avales y para mantener una (...)”.

EL UNIVERSAL

01 de diciembre de 2021 12:00 AM

A propósito de los interesantes movimientos que se han producido en las campañas políticas y entre los candidatos de distintas vertientes ideológicas, todas dirigidas a cautivar al gran margen de indecisos que muestran las últimas encuestas, tiene sentido repensar en el papel que hoy juegan los partidos políticos.

En efecto, es claro el empeño de las distintas campañas en acentuar determinadas características o singularidades entre los contendientes, para facilitar al ciudadano común que identifique el talante de determinado grupo de candidatos, con el fin de caracterizar el cariz ideológico de cada sector, y así ganar el afecto de los electores despistados.

Por los acontecimientos de los últimos días, parece que se trata de evitar que ocurra en nuestro suelo lo que ha pasado en otros países de la región, cuyos ciudadanos concurrieron en las primeras vueltas profundamente divididos, beneficiando a las propuestas de las extremas izquierda y derecha, en desmedro de las alternativas de centro.

De la experiencia aprendida de aquellos países cercanos, ha surgido la evidente consigna de que la división solo beneficia a las propuestas más alejadas o polarizantes. Ello explica por qué se están juntando candidatos que antes parecía que irían solos con sus propuestas a la segunda vuelta, como pasó en Perú y más recientemente en Chile, pues para los votantes desinformados o desinteresados, que suelen ser muchos, no es fácil distinguir las diferencias entre unos postulados de otros, cuando estos no pertenecen a los extremos.

Pero si se analiza bien, una línea de conducta común se refiere a la autonomía con la que dichos candidatos están actuando y tomando decisiones en torno de las alianzas que están celebrando, con independencia de los partidos políticos a los que han pertenecido.

Si ya era un encarte participar en las contiendas como vocero ungido por un partido político, con lo cual acudir a las firmas para fundar movimientos coyunturales con miras a los debates electorales, se volvió prácticamente la mejor alternativa para presentarse como libre de las ataduras partidistas, ahora además romper o separarse de los partidos en los que se milita, ya resulta prácticamente obligatorio.

En suma, el papel denigrante que hoy muestran los partidos políticos, en el sentido en que pareciera que solo sirven para dar avales y para mantener una supuesta unión formal ante la ley y el establecimiento, no solo deteriora la calidad de la democracia, sino que contribuye a desprestigiar aún más el oficio de político, y a acentuar el convencimiento de que no existen sino para organizar la tramitación de las prebendas que se negocian entre quienes mandan en el Ejecutivo y quienes aprueban en el Legislativo o en asambleas y concejos.

Y si para eso quedaron los partidos, pues es claro que ya no cumplen su prístina función social.

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