Editorial


La imbecilidad

“Así como hasta ahora hemos necesitado de la intervención del Estado para refrenarnos, algo hay que hacer para que prime la moderación”.

EL UNIVERSAL

26 de noviembre de 2020 12:00 AM

No solo son objetivamente actos de imbecilidad la planeación, producción, ejecución y difusión de un video en el que un grupo de influenciadores digitales obsequian paletas hechas con jabón a habitantes de la calle, adultos mayores y otras personas para ganar adeptos en el mundo virtual, sino además se constituyen en posibles ilícitos o, al menos, en infracciones de policía que merecen la condigna sanción.

Actos como esos también suponen una decrepitud de los valores individuales y sociales tanto de sus autores, por el desprecio a la dignidad de los prójimos, como de quienes gustan de seguir a quienes crean semejantes dislates.

Pero no es para nada el primer caso; por el contrario, tanto en el país como en otros lares son muchos los lamentables episodios en que los llamados influencers, con tal de conquistar o preservar seguidores, cometen toda clase de tropelías, no pocas constitutivas de delitos, y algunas ya con consecuencias mortales.

Y a pesar de los cuestionamientos que en todo el orbe se les hace a estos prescriptores de marcas y productos en las redes, se siguen cometiendo actos repudiables y no dejan de crecer en número de seguidores.

¿Qué puede explicar semejante decadencia en el comportamiento y la capacidad de elección o razonamiento en millares de personas, muchos de estos jóvenes hiperconectados que supuestamente cuentan con herramientas de aprendizaje y acceso a ilimitado conocimiento como nunca se soñó hasta hace pocos decenios, entendimiento que debería impedir la acelerada depreciación del valor de los vínculos humanos?

Algo más hay que hacer para que, entre esa cantidad inagotable de información, no se cuele tanto mensaje vano o fútil que patrocina comunidades y estilos hedonistas, amantes de la cultura del espectáculo, que termina acabando con la identidad, o en la ausencia de interés por la formulación de las preguntas fundamentales.

Pero los jóvenes son hijos de nuestro tiempo, este que construyen los mayores. Cabe, no tanto preguntarles a ellos, sino a quienes hemos llevado a estos comportamientos universalmente aceptados, sobre qué clase de cultura les estamos heredando. ¿Será que por un malentendido principio del libre desarrollo de la personalidad se han abandonado en los hogares, las escuelas y las universidades la transmisión de valores que fundan carácteres sólidos, con suficiente criterio para discernir lo que degrada de lo que agrada, lo que envilece de lo que enaltece, lo que pervierte de lo que divierte, o lo que confunde de lo que enseña?

El ecosistema digital es la nueva realidad, y allí se están librando las nuevas batallas tanto por el ascenso del ser humano como por su involución moral. Por esto, ese nuevo mundo no puede ser abandonado a su suerte. Así como hasta ahora hemos necesitado de la intervención del Estado para refrenarnos, algo hay que hacer para que prime la moderación en las redes.

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