Editorial


La jueza Barrett

“(...) es claro que las decisiones de aquella Corte terminan impactando los desarrollos jurisprudenciales en todo Occidente (...)”.

EL UNIVERSAL

29 de octubre de 2020 12:00 AM

Tras un dilatado proceso de confirmación en el Senado de EE. UU., tomó posesión Amy Coney Barrett como nueva magistrada de la Corte Suprema, postulada por el presidente Donald Trump no solo por su historial durante largos años como jueza, sino por su confeso talante conservador, como adelantada heredera del célebre magistrado juez Antonin Scalia, de quien fue asistente a finales de los 90, lo cual profundiza el resquemor por parte de quienes consideran que ese poderoso tribunal sufrirá un retroceso en las sentencias fundadas en una hermenéutica liberal del constitucionalismo propio de los sistemas que operan con base en los precedentes.

La jueza Barrett, de reconocida fama por sus posiciones contra el aborto, o a favor del derecho de los ciudadanos a adquirir armas para la defensa propia en sus hogares, también lo es por su estilo de vida, marcado por un vertiginoso ascenso al éxito en los mundos académico y laboral, siendo, como es, madre de siete hijos, de los cuales dos son adoptados, oriundos de Haití.

Por su visión conservadora desconcertó que precisamente ella se convirtiera en la sucesora del despacho dejado por la legendaria jueza Ginsburg, adalid de nuevos derechos individuales y sociales no reconocidos en la letra de la pétrea constitución de su país.

Otra característica de la jueza Barrett es su confesa profesión de la fe católica, lo que no es bien recibido entre poderosos grupos calificados como progresistas, aun cuando el protagonismo de los laicos de esa religión ha cobrado una influencia tal en los últimos decenios, que ya la Corte Suprema es integrada por 56% (5 de 9 miembros), y es muy probable que el nuevo presidente sea Joe Biden, también católico.

En todo caso, el asunto es de interés para el mundo jurídico, pues es claro que las decisiones de aquella Corte terminan impactando los desarrollos jurisprudenciales en todo Occidente. Por ello, pudiera pronosticarse que, en su nuevo cargo, primarán las posiciones que propugnan por la concreta separación de los poderes públicos para impedir que las visiones políticas cambien el sentido prístino de los fallos en las altas cortes, bajo su postulado de que los jueces deben fungir como árbitros imparciales que interpretan la ley en el caso concreto, y no están llamados a crearlas, sustituyendo a los legisladores, pues no deben abrogarse el derecho de actualizar las normas a los cambios sociales, y dejarlo ese oficio a los congresistas.

Pero sucede que hay una mayoritaria corriente que propone lo contrario, y es la que sigue nuestra Corte Constitucional; y de allí la importancia para Colombia de lo que pueda pasar con el arribo de Barrett, quien en su discurso de posesión confirmó esa visión al afirmar que “... un juez debe aplicar la ley tal y como está escrita; los jueces no están para hacer política y deben actuar con determinación haciendo a un lado cualquier sesgo político que puedan tener”.

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