Editorial


La militarización de Cartagena

“Si esto es así, lo adecuado es que los gobiernos nacional y distrital desde ya revisen la política de seguridad ciudadana, si es que la hay, o que la diseñen, para que se ...”.

EL UNIVERSAL

27 de mayo de 2022 12:00 AM

Ante la ola de inseguridad sin precedentes en Cartagena, que pareciera rebasar las capacidades policiales, el alcalde William Dau ha mostrado su interés en militarizar la ciudad.

El que pasáramos de ser considerados como residentes en un oasis de tranquilidad y acogimiento a los visitantes nacionales y extranjeros, a una urbe donde en promedio cada día asesinan a una persona, y en la que la intrepidez de los malhechores ha llegado a niveles inimaginables, motivan semejante alternativa extrema.

Lo cierto es que hay una guerra de carteles de droga cuyo escenario es Cartagena, que se convirtió en destino escogido por capos y extraditables, para sus estadías, y como centro de operaciones para organizar sus fechorías tanto para el resto del país como para sus relaciones con organizaciones internacionales del crimen.

Cartagena (tanto la urbana como en sus zonas rurales) es víctima de ciudadanos que fundan en la violencia y en las actividades empresariales ilícitas sus modus vivendi, y el punto de partida de sus relaciones con las comunidades donde se asientan.

Lo usual, cuando la policía militar es autorizada a soportar el pie de fuerza en las ciudades, es que apoye en labores de vigilancia mediante patrullajes en vehículos, o en retenes estacionarios en puntos de control de armas y elementos ilícitos, o mediante la fijación de algunas unidades en calles o esquinas estratégicas, que brindan sensación de seguridad para los vecinos de esos sectores.

Pero no podemos perder de vista que, lejos de celebrar este paso (aún no aprobado por el Gobierno central), será una afectación al estilo de vida de una ciudad turística. Es claro que buena parte de los cartageneros se sentirán más seguros con esa presencia de policía militar; pero no podemos desconocer que para los visitantes supondrá una sensación de inestabilidad política o de inseguridad ciudadana. Es así por cuanto en los países normales los militares no juegan en el servicio rutinario de policía. La presencia de militares en las calles es percibida como un reconocimiento de la amenaza cierta de la criminalidad.

Por lo tanto, si ese paso se da, seguramente será temporal, con lo cual tenemos que prepararnos para convivir con el hecho concreto de que estamos rodeados de criminales que nos harán la vida más difícil.

Si esto es así, lo adecuado es que los gobiernos nacional y distrital desde ya revisen la política de seguridad ciudadana, si es que la hay, o que la diseñen, para que se fije el número de policías que la realidad reclama, los equipos tecnológicos que deben adquirirse, incluidas más cámaras, más programas de prevención para jóvenes en riesgo, persecución a capos y lugartenientes con persistencia, y que se cuide mucho la policía militar en no incurrir en abusos de una autoridad que no está instituida para interactuar en la vida rutinaria de los ciudadanos.

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