Editorial


La Plaza de Toros

“Se arrasa con las minorías cuando las determinaciones que las afectan se adoptan sin considerar las razones que alegan. No está bien que el gobernante se vea a sí mismo como la...”.

EL UNIVERSAL

02 de marzo de 2024 12:00 AM

El pasado 15 de febrero el alcalde Dumek Turbay decidió, por sí y ante sí, que nunca más volvería a celebrarse una corrida en la Plaza de Toros Cartagena de Indias, a la que le ha destinado $1.500 millones.

La afirmación, que cayó bien en la mayoría de la ciudadanía, la hizo en el marco de la visita de la senadora Andrea Padilla, defensora de los animales y contra la tauromaquia, con una declaración de principios respecto al no maltrato animal, posición en que este periódico no le riñe.

Pero allí hay un problema: es una posición de las mayorías, o al menos es lo que se infiere tras la práctica desaparición de la gran afición taurina que hubo en la ciudad, que dejó de organizar las otrora famosas ferias en una plaza que este año cumple 50 de inaugurada.

¿Puede un gobernante adoptar decisiones unilaterales, basado en que interpreta el sentir de las mayorías, incluso si ello supone la prohibición de la realización de eventos, cuya tradición se remonta a decenios para un grupo de ciudadanos?

A las minorías étnicas, de género, religiosas, ideológicas –y tantas más– les ha costado mucho esfuerzo, sangre, dolor y traumas lograr abrirse campo en un mundo dominado por voceros de mayorías que discriminan desde el curubito del poder. Esas minorías han sido víctimas consuetudinarias de gobernantes que han impuesto sus criterios en consonancia con los intereses de los grupos a los que representan, incluso en la imposición de la moda, el arte y tantas otras formas de la expresión del intelecto y de las hechuras humanas.

La clave de ese dominio ha sido el desinterés de los poseedores de las estructuras de poder (político, económico, social, religioso o cultural) frente a todas aquellas conductas, usos y prácticas que no son concordantes con las que encarnan las élites que en determinado momento de la historia regentan esas dimensiones de la realidad.

Por eso, quienes fueron minorías y hoy son los creadores de los relatos que se imponen, tendrían que mirar hacia atrás y observar qué de lo que dicen, hacen y critican es equivalente a lo que antes padecían.

Un alcalde no debe, por sí y ante sí, decidir que acaba con una expresión que en su momento se entendió como una más de la cultura, el deporte o el arte, porque las mayorías o su pensar lo determinan, sin considerar los derechos que les asisten a las nuevas minorías.

Lo correcto es que, antes de hacerlo, les abra un espacio a quienes alegan el derecho a ser escuchados en ejercicio de la defensa de sus tradiciones, independientemente de si se comparten o no. Una cosa es el buen sentido de la autoridad y otra distinta es la posición de quien decide imponer su criterio, porque ha sido elegido por voluntad popular y representa a las mayorías.

Se arrasa con las minorías cuando las determinaciones que las afectan se adoptan sin considerar siquiera las razones que alegan. No está bien que el gobernante se vea a sí mismo como la última palabra en democracia.

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