La revisión de un modelo

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La caída de Evo Morales comenzó en 2016, cuando decidió no interpretar el mensaje que el pueblo le dio en el referendo por el cual perdió la reelección indefinida que propuso y que encontró la forma de desconocerlo; pero se concretó efectivamente este domingo, cuando renunció tras la inatajable sublevación que fue creciendo con los resultados de la auditoría internacional que confirmara los espurios escrutinios de octubre.

Morales renunció, conforme con sus palabras, “por el bien del país”, viendo que las protestas que se iniciaron el mismo día de las elecciones –después del sospechoso apagón tras el cual se mostró una alteración de resultados insostenible–, no le darían tregua.

En todo caso, la renuncia no se habría dado si el jefe de las Fuerzas Armadas, Williams Kaliman, no le hubiera solicitado que dimitiera para restaurar la estabilidad. Evo Morales no tenía más opción si el comandante Kaliman había sido su soporte por años en su empeño por atornillarse en el solio presidencial. Quedó probado, otra vez, que sin los militares no hay poder que se perpetúe con o sin elecciones legítimas.

Lo sucedido en Bolivia significa otro remezón en la realidad política de América Latina. ¿Cómo entender que uno de los presidentes con mayor simpatía en el orbe, no sólo por su origen indígena, también porque logró llevar a su país a una destacada prosperidad social y económica, haya sido derrocado?

Resulta paradójico que esto ocurra en momentos en que aliados ideológicos en Venezuela, Nicaragua, Chile, Argentina, México y Colombia celebraban el retorno del péndulo hacia la izquierda, que promete no permitir el regreso al poder de lo que denominan gobiernos subalternos del imperialismo yanqui. Sin embargo, hay notables diferencias entre los países que siguen ese modelo, pues, por ejemplo, mientras en Venezuela se niega todo asomo de ejercicio de libertades básicas por el miedo a perder el control ciudadano, incluso a costa de la destrucción de la economía nacional, en Bolivia nunca sufrieron graves amenazas de derechos como el de libre empresa o de expresión, símbolos de las aspiraciones libertarias más profundas del espíritu republicano. En verdad que algo va, y muy de lejos, entre el talante de un Evo Morales y el de un Nicolás Maduro.

Pero lo de Bolivia cambia significativamente la ecuación. ¿Cómo negarlo?

Por ejemplo, líderes que luchan porque Latinoamérica entera gire hacia la izquierda, tienen ahora que revisar hacia qué modelo de izquierda, y si en ese camino están dispuestos incluso a romper reglas básicas del juego democrático, como lo hizo en Bolivia el partido de Evo Morales, que por retener el poder llegó al límite del fraude, pues tarde o temprano ya sabemos cuál es el destino de quienes están convencidos que los gobernados tienen que soportar, con el fin de instalar un perpetuo sistema de justicia y paz, liderazgos caudillistas por los cuales el Estado tiene que reposar en un hombre que no debe ser removido del cargo, aún democráticamente. ¿Quién de los líderes de ese movimiento continental nos explica cuál es ahora el símbolo del modelo?

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