La sostenibilidad es pertinente

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La palabra “sostenibilidad” ya se volvió de uso común, aunque quizá muchos de quienes la usan intuyen su significado sin conocerlo a fondo. En términos generales, la sostenibilidad, o desarrollo sostenible, obliga a un uso cuidadoso de los recursos naturales no renovables, asegurándose de que no sean arrasados, y promueve el uso de los que sí son renovables. Dicho de otra manera, el bienestar humano continuado depende del bienestar permanente de la naturaleza. La sostenibilidad implica –por supuesto– evitar actividades que incrementen el calentamiento global a través la producción de gases con efecto invernadero, lo que obliga a buscar fuentes de energía distintas a los derivados del petróleo, tales como la hidráulica, eólica y solar, principalmente. Aunque el concepto también tiende a incluir los biocombustibles, hay muchas dudas en el sentido de que para producirlos hay que usar tierra que antes producía alimentos, además de que se usan fuentes de energía no renovable y contaminante en los procesos industriales, borrándose con el codo lo que se hace con la mano. Proponer o exigir la sostenibilidad pasó ya de ser sólo una postura política de moda, a una forma de vida para más y más personas preocupadas por el futuro de la humanidad y por cumplir con los objetivos del milenio. Las universidades del mundo se están metiendo de cabeza en las prácticas de producción y vida sostenibles, y cada vez hay más centros de educación superior que ofrecen cursos “de extensión” en estas actividades, mientras otras ofrecen carreras completas y programas de posgrado completos. Ya no se trata de filosofar acerca de la sostenibilidad, sino de encontrar formas realistas de ponerlas en práctica. Hay maneras sostenibles de emprender la producción industrial, gerenciar empresas, construir viviendas, practicar la agricultura y en general, de vivir. Cada vez hay más gente “normal” –no sólo los fanáticos de algunas organizaciones ambientalistas- dispuesta a participar en una o más de las actividades de vida que propendan por un mundo más sostenible. El New York Times tiene un artículo interesante del 20 de agosto (“Sustainability Field Booms on Campus) en el que da cuenta de nuevas materias “sostenibles” en las universidades de los Estados Unidos. Harvard, por ejemplo, cuyos estudiantes ambientales se han incrementado en 70%, ofrece cursos de extensión en “neutralidad del carbón”, o en economía ambiental, y también un Master en sostenibilidad; Berkeley, que hace tres años dictaba 5 cursos ambientales, ya ofrece 60, y su alumnado creció de 55 por semestre, a 400. A muchos profesionales de disciplinas diversas les exigen certificaciones ambientales para atender ciertos casos y actividades. Nuestro Ministerio de Educación haría bien en enterarse de lo que sucede en este campo en el mundo, y nuestras universidades locales también, ya que ser pertinentes en nuestro mundo pasa, de una u otra forma, por ser ambientalistas. En una ciudad como Cartagena, con sus características geográficas y ecosistema frágil, las disciplinas académicas que promueven la práctica de la sostenibilidad en la vida diaria deberían desarrollarse plenamente y cuanto antes.

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