Editorial


Lalexpo en Barranquilla

El asunto no es un congreso; es que seamos sinceros y definamos si nuestros espacios públicos los convertiremos en excluyente destino de turismo para adultos...

EL UNIVERSAL

28 de mayo de 2022 12:00 AM

Hay cartageneros resentidos porque el Congreso de Lalexpo se fue para Barranquilla. Ven la pérdida de oportunidad temporal que ofrecía ese congreso, que no fue rechazado en algún sector de la opinión ciudadana per se; y ciertas reacciones demuestran que definitivamente buena parte de los coterráneos no alcanzaron a comprender qué es lo que quiere decir la ciudad cuando rechaza esa clase de foros.

El asunto no es ese congreso. El tema es el contexto de lo que pasa en Cartagena y el mensaje que la ciudad está enviando al mundo.

No debería sorprender que muchos cartageneros no quieran vivir en una urbe en la que solo se sientan a gusto los adultos. La ciudad tiene que ser amable con las familias, incluso las conformadas por los turistas que nos visitan, que no vienen a divertirse como les interesa a muchos adultos, sino para disfrutar del patrimonio histórico y el conjunto monumental de la urbe y de sus islas, así como de espacios en los que no se sientan intimidadas por ambientes sórdidos, legítimos, pero sórdidos.

Esta tribuna no admite el uso de palabras soeces; por lo tanto, no es posible usar aquí la expresión exacta de lo que se han convertido el Centro amurallado, Cholón y otras zonas de clara vocación turística. Por respeto con nuestros lectores, usaremos el eufemístico calificativo de burdel para decir que el Centro Histórico es hoy el más grande burdel a cielo abierto que hay en la ciudad. ¿Quién lo discute?

Entonces el asunto no es si se debe o no permitir que un encuentro de expertos en entretenimiento para adultos se haga en estos lares. El quid es si se permite que grupos privados definan el perfil de venta de servicios dominante que se impondrá en la ciudad, lo cual es una claudicación del gobierno distrital y de la conjunción de visiones con las comunidades.

En tal sentido, la ciudad no está decidiendo qué clase de negocios priman en el Centro y qué clase de transeúntes se paseará sin prevenciones por ese y otros espacios de Cartagena. Si no hay un diálogo consistente y sistemático entre los distintos grupos de interés y las autoridades, el Centro terminará en lo que se está convirtiendo a toda prisa: un sitio perrata. Eso es lo que son varias calles y plazas del Centro hoy, y algunas playas de Cartagena. ¡Así de simple!

Y si algún cartagenero se sorprende de lo que aquí se sostiene, es sencillamente porque no ha tenido la responsabilidad cívica de recorrer las callecitas del casco histórico a partir de las nueve de la noche, o la oportunidad de visitar playas insulares cualquier domingo del año.

El asunto no es un congreso; es que seamos sinceros y definamos si nuestros espacios públicos los convertiremos en excluyente destino de turismo para adultos, o si también los preservamos para las familias y para quienes no aprecian los ambientes hostiles. El asunto es que no dejemos que nos lo impongan sin contar con nuestro consentimiento.

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