Editorial


Las comunidades del expolio

“Tendría que avergonzar a la dirigencia nacional, pero singularmente la del Pacífico colombiano, el abandono de esos pueblos a su suerte (...)”.

EL UNIVERSAL

27 de febrero de 2021 12:00 AM

Tal como ocurrió cuando Barack Obama fungió como presidente de EE. UU., periodo en el que voceros de las comunidades afro de nuestro país acudieron a la intervención de aquel afamado líder de la primera potencia mundial ante la desatención del Estado frente a la innúmeras necesidades insatisfechas, por estos días un alto representante de estas comunidades, el senador del Partido Verde, Juan Luis Castro, remitió una comunicación, esta vez a la vicepresidenta Kamala Harris y al representante Gregory Meeks, del Comité de Asuntos Internacionales, sobre la difícil situación que viven los habitantes del Pacífico colombiano.

Se centra la carta en las pobres condiciones económicas y sociales que los afrocolombianos han vivido desde tiempos de la independencia nacional, y singularmente de la situación de esa sufrida región en la que reside buena parte de la población afro del país, a propósito de las horribles tragedias que en ese dolido territorio se repiten, ya como infausta rutina.

Y esos episodios terribles pasan incluso, o tal vez por ello, en Buenaventura como una de las ciudades más estratégicas debido a lo que tendría que ser su privilegiada ubicación como ciudad ribereña del gran Pacífico. Tendría que avergonzar a la dirigencia nacional, pero singularmente la del Pacífico colombiano, el abandono de esos pueblos a su suerte, constreñidos por mafiosos de todos los pelambres, muchos de ellos violentos hasta el asesinato bajo los ropajes de guerrilleros, paramilitares, narcotraficantes o mineros ilegales.

Sin embargo, no hay mayor culpabilidad que la que se les puede atribuir a quienes, siendo nativos de esa región, han propiciado, facilitado y perpetuado una corrupción inmunda, que no han visto en los recursos públicos la oportunidad de redimir a estos compatriotas, como si la etnia mayoritaria que conforman estuviera condenada a nuevas formas de esclavitud, que ya no se soportan en las cadenas y grilletes de metales oxidados e infames, sino en los de la pobreza, el expolio y el olvido.

Hay que hacer mucho más para que, sin violentar tradiciones y prácticas ancestrales que les identifican y cohesionan, rompan con esquemas de gestión de los asuntos del Estado y del erario, que los miden como a ciudadanos de segunda bajo el incomprensible protagonismo de líderes surgidos de sus propias entrañas, con lo cual no solo se trata de la comisión de conductas punibles, que lo son, también de una especie de traición de los suyos que no cierra las puertas a la perpetuación del menosprecio desde los centros de poder político o económico. Algo de esa malsana sociopatía sociológica se replica en otras regiones. Y esto solo se puede superar con un diálogo franco, permanente y propositivo sobre qué aspectos deben cambiar no solo entre esos impasibles poderes, sino en el interior de las costumbres de estas sufridas comunidades.

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