Lecciones de Chile

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Las protestas están a la orden del día en todos los continentes, independientemente del tipo de régimen o de la calidad de las libertades que se concedan a sus ciudadanos. Las manifestaciones constantes se replican desde la cerrada y teocrática Irán, pasando por la atea China, o la ultrademocrática Francia; o las que hemos visto cerca, en Perú, Ecuador y Venezuela, y más recientemente, en Chile y Bolivia.

De todas las reacciones ciudadanas de descontento, las que más han sorprendido en nuestro entorno han sido las de Chile y Bolivia. Las primeras han tenido al borde de la caída a Sebastián Piñera, y las segundas provocaron la renuncia de Evo Morales y con la probabilidad de una guerra civil.

El desconcierto en este lado del continente no cesa, pues Chile y Bolivia representaban lo mejor de los dos modelos que han estado contrapuestos en los últimos lustros en Suramérica. Por un lado, Chile significaba el mejor ejemplo en el área sobre lo que es crecer bajo los principios del neoliberalismo. Y Bolivia, de destacado comportamiento en la economía, representaba la mejor versión latinoamericana del socialismo del Siglo XXI.

El contrapunteo permanente entre esas dos concepciones políticas ha causado que quienes están alineados con uno y otro modelo aplaudan sin revisión las protestas contra gobiernos contrarios ideológicamente, pero condenen las dirigidas contra gobiernos afines, sin considerar la justeza o no de las reclamaciones ciudadanas, pues en los apoyos y desafectos hay de todo, menos objetividad.

Sin embargo, vale la pena considerar el alcance profundamente negativo que puede tener el uso abusivo de la protesta social contra el mismo pueblo en el que las marchas y paros se radicalizan. Para el caso, vale la pena citar sólo a Chile, país en el que, según informe económico de la BBC, las decisiones de inversión de las grandes empresas y de las empresas extranjeras, y las contrataciones de personal han sufrido una restricción sin precedentes, tanto que, a modo de ejemplo, el presidente de la Asociación de Emprendedores de Latinoamérica ha expresado que en la industria del turismo las reservas han caído en 51%.

Otras fuentes citadas por EFE reportan que la economía chilena ya ha perdido cerca del 1,08% del PIB; que el daño a la infraestructura es de casi 4.500 millones de dólares, incluidos el metro de Santiago, edificios históricos e iglesias; que las ventas del comercio han caído 10%; que se han recortado las proyecciones de crecimiento al 1,9%, cuando antes de la crisis era del 2,5%; que se han perdido más 100.000 puestos de trabajo; que la valoración del peso chileno sigue cayendo en picada, así como la Bolsa de Santiago, con un desplome del 12,5% desde el inicio de la crisis, lo que equivale a una pérdida de 27.884 millones de dólares en capitalización bursátil.

Si la solución a esa crisis parece ser la reciente propuesta de una constituyente, cabe preguntar si era necesario llegar a semejante nivel de destrucción generalizada, para que los líderes de todas las vertientes se sentaran con grandeza a concertar por el bien de su país.

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