Editorial


Lecciones de la adversidad

Los demócratas no pueden estar en contra de las manifestaciones ciudadanas que se apartan de la vía de la violencia.

EL UNIVERSAL

12 de diciembre de 2019 07:31 AM

El sufrimiento suele ser un buen maestro. No es fácil imaginar a una persona que alcance la verdadera madurez sin que haya pasado por el fiel de la contrariedad.

Este prolegómeno obedece al encantamiento que producen las imágenes de jóvenes en Bogotá y en Cartagena que optaron por expresar su descontento a través de animados conciertos musicales.

El domingo reciente, por ejemplo, cientos de jóvenes se reunieron en el Planetario Distrital de Bogotá con el objetivo de ‘llenar la Séptima’, con espectadores de interpretaciones musicales que cantaban a la protesta pacífica, lo más contrario posible del vandalismo y la violencia.

Y acá en Cartagena, el martes se llevó a cabo el concierto “Espeluque del paro”, que también se realizó en el marco de las protestas que surgieron desde el pasado 21 de noviembre. Entre las voces que se elevaron esa noche, las de las mujeres fueron las más expresivas con el performance de “Un violador en tu camino”; pero no se quedaron atrás las consignas que se confundieron al ritmo de las melodías de reconocidas champetas.

Qué diferencia entonces con la ruta que tomaron las protestas en países vecinos, en donde el descontento llegó a los niveles de la destrucción de bienes públicos, con lo cual las reclamaciones no solo no resuelven el núcleo de las demandas ciudadanas, sino que dañan irreparablemente el patrimonio colectivo y encarecerán los procesos de recuperación de la normalidad.

Los demócratas no pueden estar en contra de las manifestaciones ciudadanas que se apartan de la vía de la violencia. La no represión de las protestas pacíficas son una expresión de fortaleza de la libertad democrática, porque solo donde no hay democracia las protestas son vistas como amenazas inadmisibles.

A ningún observador relativamente informado se le ocurriría pensar que las protestas de la Francia de estos días son el preludio de la caída al precipicio de una nación que es símbolo de libertades. Los franceses entienden que se protesta no para obligar a que el gobernante haga exactamente lo que se pide, sino para que corrija las decisiones dañosas de los intereses colectivos, avance en el respeto de los derechos conquistados, en el aseguramiento y calidad de los servicios estatales, y en una distribución más equitativa de la riqueza.

Quienes esperaban que la juventud colombiana se volcara a las calles a destruir los bienes públicos y privados, o paralizaran el funcionamiento del Estado para lograr un supuesto cambio que no sería más que un salto al vacío, pueden ver cómo esas mismas pléyades de muchachos, con contadas excepciones, han sabido canalizar sus inquietudes a través de creativas manifestaciones pacíficas del descontento.

El país, por años, ha soportado tanto sufrimiento y ha sido tan probado en su resiliencia, que el margen de equivocación se ha reducido más allá que entre las naciones vecinas. Corresponde, en consecuencia, mirar con mentes más abiertas las nuevas formas de expresión de una ciudadanía que emerge con la necesidad de comunicar abiertamente sus frustraciones, sus temores y sus anhelos.

TEMAS