Lecciones de Notre Dame

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Las reacciones globales de sobrecogimiento y solidaridad que manifestaron cientos de miles de personas a lo largo del orbe, creyentes o no, ante las desconsoladoras imágenes de la Catedral de Notre Dame, ardiendo, causan asombro, como si una parte del alma universal hubiese caído a pedazos.

Esas imágenes que suscitaron tantos mensajes de apoyo demuestran el valor que tienen para la humanidad las obras materiales construidas con enorme esfuerzo por varias generaciones, que con su trabajo, sacrificio e inspiración, han legado a las siguientes el testimonio de una época que marcó de alguna manera el resto de la historia y fijó las bases de la identidad de la civilización occidental.

Esas grandes obras, esparcidas por todas las naciones de la tierra, muchas catalogadas por la Unesco como patrimonios de la humanidad, hacen parte del entorno de cada generación que es impactada de alguna manera con sus imponentes presencias. Por eso, el deterioro y, más aún, su destrucción, constituyen grave daño para la preservación de la identidad de nuestra especie, porque esas manifestaciones tangibles que construyeron nuestros predecesores nos cuentan sin palabras, lo que fuimos, lo que hoy somos y hacia dónde nos dirigimos.

Cuando las naciones enfrentan crisis que se suceden sin pausa a lo largo de la historia, allí están esas obras monumentales a las que vuelven las miradas en busca de las bases sobre las que reconstruir la identidad, para encontrar el sentido de la nacionalidad, de los valores fundantes, pero también de lo que no debe repetirse, con lo cual se comprende por qué es conveniente revalorizar la memoria colectiva conservando tanto el patrimonio material como el inmaterial.

A no dudarlo, la Iglesia ha jugado un papel fundamental en la conservación de ese patrimonio cultural que constituyen cientos de monumentos que, como Notre Dame o acá en nuestros lares, la Catedral de Santa Catalina de Alejandría, la iglesia del Convento de Santo Domingo o el Santuario de San Pedro Claver, no solo testimonian el pasado, también facilitan la necesaria crítica de estos tiempos modernos cuando no es fácil decantar los valores fundados, esos que si no se debaten, no se comprenden.

El valor de estos templos, que se levantaron para el encuentro común de los creyentes, hoy, además, son sitios de creciente interés de millones de turistas que se extasían con la creatividad plástica de sus autores.

Todo ello y mucho más explica la importancia de aunar esfuerzos para que permanezcan, como testimonios vivos, que están allí antes de nosotros y que deben sobrevivirnos para conocimiento de quienes nos sucedan.

Por cuanto el patrimonio cultural es un recurso no renovable, viene al caso instar a las autoridades civiles y eclesiásticas de la ciudad, a que revisen los planes de gestión de riesgos de incendio y otros siniestros, a fin de atender adecuadamente nuestros templos y demás monumentos no solo para prevenir, sino para enfrentar adecuadamente accidentes similares al que acaba de acaecer con Notre Dame.

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