Editorial


Lecciones de un aguacero

“Por fortuna, al fuerte aguacero de la madrugada del sábado, que con variaciones en su intensidad se extendió por varias horas, causando inundaciones en 27 sectores en...”.

Aguaceros como los del sábado no son excepcionales en Cartagena. Imposible no recordar las lluvias torrenciales –y largas– que en nada afectaban la movilidad de la urbe. Tal vez el cambio está en la asiduidad con que se están repitiendo... y eso.

La verdad es que la gran diferencia está en cómo permitimos que se urbanizara Cartagena sin el alcantarillado pluvial.

Por fortuna, al fuerte aguacero de la madrugada del sábado, que con variaciones en su intensidad se extendió por varias horas, causando inundaciones en 27 sectores en todos los estratos, con más de 70 mil residentes afectados, no se le sumó una subida de las aguas del mar; esa temible combinación ya ha causado estragos en los barrios cercanos a la bahía interior y a lo largo de la línea de costa.

De semejante aguacero se pueden extraer varias lecciones. La primera es reconocer que somos una ciudadanía inferior a los retos que las realidades nos impone. A nuestra clase política, dedicada a la repartija de contratos y puestos, esto es, al clientelismo más deleznable, o a la promoción de consignas ideológicas, le pasó por encima la necesidad de atender la construcción y expansión del alcantarillado pluvial y la construcción y ampliación de canales, para manejar las aguas lluvias y los demás embates del cambio climático.

Y, como ciudadanos, culpables por acción u omisión, bien por no participar o exigir soluciones, bien por alcahuetear con el voto o con la abstención a quienes mal nos representan en los espacios de poder público.

La segunda es que si no encaramos el problema, unidos, como una sola voluntad, el agua se irá metiendo cada temporada invernal en más casas, en más comercios, en más edificaciones, y la capacidad de destrucción ya no será controlable.

La tercera es que cada administración podrá culpar a la anterior por la acumulación de problemas, pero también por la ausencia de soluciones. Sin embargo, el Estado local es uno solo y cada periodo constitucional de gobierno implica sumar un grado de responsabilidad en el estado de cosas.

Por eso, a cada alcalde, incluido al actual, cabría preguntarle ¿qué acción hizo –o está haciendo la administración– para resolver semejante lío? Si la causa principal de las inundaciones obedece sobre todo a un fenómeno global, ¿qué estudios y soluciones propone la administración actual tanto de corto, mediano y largo plazo?

Si el gobierno local es serio, y el secretario de infraestructura responsable, tendría que responder esos cuestionamientos. Para eso se gobierna.

Y si no hay respuestas, entonces el jefe tendría que dar la cara y decirnos qué va a hacer con la declaratoria de calamidad pública, y si esa medida excepcional es suficiente para prever más daños por las precipitaciones atmosféricas y el aumento de las aguas del mar.

Igual para Bolívar; aunque ya sabemos lo que el macroproyecto del Canal del Dique puede solucionar.

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