Editorial


Llamado a la dirigencia

“La situación es tan inclemente para cientos de familias, que dejar que corran los días sin que esa discusión se dé entre la dirigencia de los distintos estamentos de la ciudad, sería imperdonable (...)”.

EL UNIVERSAL

02 de mayo de 2021 12:00 AM

Esta semana las cifras del Dane confirmaron para nuestro país lo que se predijo desde abril de 2020, pocas semanas después de la instauración de las medidas draconianas para controlar la pandemia, en cuanto a que buena parte de las naciones latinoamericanas sufriríamos un retroceso de 20 años en los logros de superación de pobreza.

Colombia cumplió a plenitud ese infortunado vaticinio a pesar de las ayudas dispuestas por el Gobierno y de la solidaridad de empresas, instituciones y familias que se volcaron a donar recursos, alimentos y otras especies para mitigar los efectos de la paralización de buena parte de las actividades económicas y del daño a la salud por causa del nuevo coronavirus.

Hoy sabemos que el número de pobres aumentó en 2020 en casi 7 puntos porcentuales, esto es, 3,5 millones de personas; y con ellas, aún más desafortunadas, ese 5,5% (2.781.383 personas) que cruzaron la línea hacia la pobreza extrema, a engrosar esa vasta muchedumbre de almas que claman, a la par, por alimento, salud, justicia social y oportunidades.

Aun cuando Cartagena no figura entre las capitales que registran los mayores índices de pobreza por la pandemia, que encabezan Quibdó (66,1%), Riohacha (57,1%) y Santa Marta (55,1%), seguramente porque es la que mejor está en las cifras de desempleo, sí aparecemos entre las que más aumentó la desigualdad, así como en pobreza extrema (quedamos entre las primeras cinco).

Esto se entiende dentro de la realidad más oprobiosa de lo que se ha revelado: que solo el 33,4% de los hogares en Cartagena puede consumir las tres comidas diarias, siendo que antes de la pandemia el porcentaje era del 73%. Así las cosas, en solo un año pasamos a la pasmosa certidumbre de que las dos terceras partes de nuestros hermanos por comunidad se están alimentando mal. Eso es terrible; como para no dormir en paz.

Y es afrentoso si consideramos que en Tunja, por ejemplo, el 95,5% de sus hogares sí disfrutan de las tres comidas diarias y, más cerca, en Riohacha, el 74,4%.

Frente a semejante desafío, y ya conociendo que con el justificado frenazo a la reforma tributaria los recursos para destinar a programas nacionales encaminados a apoyar a los más pobres se ralentizarán, sobre nuestra dirigencia política, empresarial, comunitaria y social pesa el imperativo moral de deponer diferencias, ideologías y prejuicios para sentarnos a acordar qué acciones se pueden tomar a nivel local para crear más oportunidades y empleos, o en cómo proveer alimentos a nuestros conciudadanos que lo están pasando muy mal, mientras el Estado central recupera el ritmo.

En verdad que la situación es tan inclemente para cientos de familias, que dejar que corran los días sin que esa discusión se dé entre la dirigencia de los distintos estamentos de la ciudad, sería imperdonable. ¿Es imposible sentar a nuestros líderes incluso ante tan básico propósito?

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