Editorial


Los raperos

“Procede que la administración, los agentes del sector turístico y los artistas urbanos concierten la forma, los lugares y horarios en que pueden continuar ejecutando sus...”.

EL UNIVERSAL

13 de febrero de 2024 12:00 AM

Recientemente el alcalde Dumek Turbay lanzó la reconocida frase republicana de que “Nadie está por encima de la ley”, como respuesta a la molestia de un nutrido grupo de ciudadanos por el cierre de uno de los más afamados bares de la ciudad.

La estrategia de dialogar, escuchar y concertar de la actual administración debe profundizarse; pero compartimos con el burgomaestre que la ley debe cumplirse con determinación y sin ambages, pues la consuetudinaria laxitud nos ha traído a la crisis de autoridad que padecemos, lo que afecta muchas de las dimensiones de la vida de las gentes.

En el diálogo que la administración está emprendiendo con distintos grupos de interés que ejercen sus negocios, artes y oficios en el Centro, o en otros barrios de la ciudad, con el fin de acordar mecanismos que permitan desplegar sus actividades mercantiles o profesionales sin abusos que dañen a potenciales clientes, residentes o turistas, son varias las agrupaciones que merecen especial atención por la distorsión que generan en las zonas turísticas, debido a un mal entendimiento de lo que es el derecho a prestar o proveer bienes y servicios a los visitantes, sin considerar la agresión que causan, tal vez porque no la perciben, o no les importa, lo que hace daño a todos quienes viven de las industrias turística y del entretenimiento.

Para citar un ejemplo, están los raperos, que muestran sus talentos y habilidades a los turistas que abordan, pero en algunos casos con riesgo de incomodar a los destinatarios de esas aptitudes.

Para muchos individuos, hay un espacio personal en derredor del cual, si se sobrepasa, se siente como una amenaza; de manera que lo que para los raperos puede ser una exhibición artística de vistosos bailes e improvisaciones, para no pocos de sus destinatarios es una agresión directa a la dignidad o libertad de su persona, con lo cual, lo que debería ser la transacción entre un artista urbano y un espectador satisfecho, se convierte en un asunto problemático que daña no solo a quien siente que lo padece, sino al destino turístico y al casco histórico en particular.

Como la solución no es prohibir esas presentaciones, sino exigir que se hagan conforme con estándares universalmente aceptados en zonas turísticas de alto nivel, procede que la administración, los agentes del sector turístico y los artistas urbanos concierten la forma, los lugares y horarios en que pueden continuar ejecutando sus interpretaciones, para que, en el conflicto de derechos confrontados, surja un esquema que los armonice, para beneficio de todas las partes involucradas.

Por supuesto, si en el grupo de censados, alguno o algunos persisten en emplear expresiones o actos groseros, atrevidos o abusivos, la sanción debería ser la expulsión del Centro, pues todo debe obedecer a un plan de mejoramiento cultural, como lo han expresado algunos cartageneros en diversos espacios.

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