Mal en educación

16 de noviembre de 2019 12:00 AM

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Alarmante el retroceso sostenido en la educación pública en la Costa y, singularmente, en Cartagena de Indias. Es como si el esfuerzo estuviera dirigido a cómo hacer cada año para quedar peor calificados. ¿Por qué no hay juicios públicos a quienes manejan la educación en la región? ¿A quiénes importa la educación?

Los recientes datos expuestos por el economista Adolfo Meisel, rector de la Universidad del Norte, durante la ‘Cumbre Caribe por una Inclusión y la Transformación Social’, organizada por Casa Grande Caribe, en cuanto a que Cartagena sigue cayendo sostenidamente en calidad educativa respecto al resto del país, y quien enfáticamente aseveró que la “ciudad está echando para atrás”, obligan a volver al tema para insistir en un cambio en el modelo que se ha venido implementando, pues es todo menos que positivo.

Y duele que en esto no estamos solos. Es que también la Costa Caribe, en todos los temas de educación en general, está por debajo de los promedios nacionales, frente a lo cual manifestó el respetado investigador, que la educación es “la prioridad que tiene el Caribe Colombiano si quiere erradicar la pobreza extrema y la pobreza en esta región. La mayor fuente de ingreso de una persona es su trabajo y el ingreso va a depender del grado de formación”.

Clarísimo que la brecha que separa a Cartagena de otras ciudades capitales del país es por la pobre educación que reciben nuestros niños pobres. Entre los obstáculos para lograr al menos igualarse con el promedio nacional, el rector Meisel indicó que “falta inversión pública bien dirigida, bien orientada en los sitios claves (...) hay deficiencia en la formación de los maestros; hay que reforzar las maestrías. En otras regiones los maestros tienen muchas más maestrías. Hay que fortalecer el programa de alimentación, eso ayuda a retener a los estudiantes en las escuelas; hay que mejorar la calidad de la infraestructura pública. La calidad de los baños en los colegios es deplorable y eso va en contra de la dignidad de las personas”.

¿Cuántos años más de fracaso hay que esperar para romper con estas inercias perversas que destruyen el futuro de miles de niños que no serán competitivos en mercados cada vez más complejos, en donde lo más demandado será el conocimiento? ¿A quiénes importa esos adolescentes a los que se les dice que, si estudian, saldrán adelante, pero que, cuando se enfrentan a la dura realidad de que no tienen las competencias para sortear las pruebas exigentes en las empresas formales, donde les pagarían salarios legales con permanencia en el sistema de seguridad social integral, o no los admiten o los despiden?

¿En dónde está el sindicato de profesores y los docentes ante semejante frustración? ¿En dónde las asociaciones de padres de familia? ¿En manos de quiénes están las secretarías de educación? ¿Qué o a quiénes hay que esperar para que se enfrente este desastre tomando el reto de poner en primer lugar a los educandos y mandando a la condena a quienes conviene que la mediocridad sea el parámetro de medición del acceso a una estabilidad que, en el fondo, no es más que un espejismo?

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