Más árboles, más agua, menos inundaciones

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El aguacero de antenoche en buena parte de las áreas urbanas y rurales de Cartagena fue fuerte, y tenía el potencial de hacer daño, ya que las cuencas hidrográficas produjeron agua, mucha de la cual termina en la Ciénaga de la Virgen y barrios aledaños. Según las autoridades, no hubo inundaciones que lamentar. La Costa Caribe todavía no se recupera de la sequía que comienza a pasar, por lo que es importante tratar de ser mucho más eficientes al usar el agua, y también se imponen programas de mediano y largo plazo para mitigar el calentamiento global. Turbaco, por ejemplo, tradicionalmente rico en manantiales y fuente del primer acueducto de Cartagena, sufrió una crisis severa este verano, y sus arroyos y nacimientos de agua se redujeron algunos y secaron otros. La abundancia de agua de este municipio tiene que ser cuidada, y una de las mejores maneras de hacerlo es controlar las canteras, y evitar la tala de bosques. Turbaco, con pocas excepciones, es un municipio minifundista y dormitorio de Cartagena, cuyas áreas rurales adyacentes al casco urbano están pobladas por casas de recreo y conjuntos residenciales que usualmente no privilegian la arborización, sino el rendimiento comercial de la tierra. Se requiere entonces un control más estricto en este y demás municipios, cuya salud ambiental es muy importante para Cartagena, no sólo como lugares de naturaleza y recreación, sino como “pulmón” de la ciudad y productores de oxígeno. Quizá el mejor ejemplo en la Costa Caribe acerca de cómo incorporar la arborización a la vida urbana es Valledupar, donde todas las áreas públicas tienen cobertura vegetal extensa, y donde hasta las casas más pobres tienen árboles frutales, especialmente mangos. Allá se repite la anécdota de que cuando intentaron sembrar las avenidas de mango por primera vez, se robaban los arbolitos. La respuesta de la Alcaldía fue distribuirlos gratuitamente en los barrios de todos los estratos, y cuando los saturaron, plantaron las áreas públicas sin que se volviera a perder uno solo. En Cartagena y Bolívar hace falta un paradigma similar, que desarrolle una cultura verde generalizada. Cada año diezmamos muchas hectáreas por distintos motivos, especialmente por el desarrollo urbano. En adelante, en los proyectos de vivienda deberían ser obligatorias más áreas verdes, ojalá sembradas con frutales, siguiendo el ejemplo de Valledupar. Las inundaciones pluviales en Cartagena y en todas partes serían mucho menores si hubiese una política coherente de resiembra de árboles en las cuencas hidrográficas, de manera que se le quitara velocidad a las aguas de lluvia, que ahora corren sin talanquera, erosionando terrenos y poniendo en peligro los asentamientos humanos marginales. La política pública de desarrollo urbano debería estimular que la ciudad y cada proyecto suburbano nuevo sea una sementera, y desestimular las cementeras en que se convierten más y más áreas que alguna vez fueron verdes.

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