Editorial


No solo las Torres Gemelas

“Que el presidente Biden haya afirmado que el objetivo de la misión no era establecer una democracia en Afganistán, ha provocado un mayor desconcierto (...)”.

Los atentados perpetrados por Al Qaeda hace hoy 20 años, que cobraron casi 3.000 vidas, en el primer gran ataque en suelo de EE. UU. después de dos siglos indemnes, se califican como el inicio del declive de esa gran nación como policía del mundo.

Aun cuando Osama bin Laden no solo no logró una victoria terminante contra el imperio anglosajón, sino que socavó todo el plan de dominación del Islam en la versión talibán sobre los infieles, y de derrocar a la familia real saudí (su principal obsesión), pues desató la más cruda venganza de la primera potencia en varios países de Oriente, marcó la ruta de una larga guerra que culminó este 31 de agosto con la estruendosa derrota de Occidente y su soñado orden internacional liberal, tras la calamitosa huida de Afganistán.

Aún no es posible calcular lo que causará esta nueva derrota de EE. UU., que se suma a las de Vietnam en los 70, el Líbano en los 80 y Somalia en los 90, sobre todo frente a una previsible reorganización de Isis y sus franquicias, que ahora se concentrarán más en dar golpes en el mundo islámico para lograr su sueño de califato extendido.

El hecho de que el presidente Biden haya afirmado que el objetivo de la misión no era establecer una democracia en Afganistán, ha provocado un mayor desconcierto, puesto que era entendido que la ocupación estaba dirigida a sofocar el terrorismo allá donde se gesta, y a desplegar esfuerzos para transmitir el sentido de respeto por los derechos de mujeres, niños y otras minorías, lo cual no es posible en regímenes como el que ahora detenta el poder.

Lo anterior ha hecho inferir a prestantes analistas que, en el fondo, lo que ha habido es el abandono de un territorio perdido para concentrarse en librar la que es considerada la batalla más importante ahora, que es contener la imparable influencia de China, su principal competidor, y con esta a Rusia, dos contradictores que, con la caída de Kabul, han visto alejarse de sus fronteras porosas a los aliados que integran la OTAN.

El problema de esta movida es que en el mundo árabe se perciben estos sucesos como una derrota infligida a los colonialistas impuros por cuenta de quienes encarnan la vertiente ortodoxa de sus creencias, y la prueba celestial de que la concepción de orden justo devenido de las democracias liberales no es el modelo a seguir en sus soñados califatos.

No se ve cómo, entonces, puedan perder influencia chinos y rusos, si el respeto a la autonomía, soberanía y autodeterminación de los pueblos, lleva a aquellas dos grandes naciones a partir del supuesto inadmisible para las democracias republicanas de que cada nación tiene derecho a darse su propio gobierno, aunque ello suponga reñir con los fundamentales que sustentan el decaído o iluso orden internacional liberal.

Es claro que no solo las Torres Gemelas cayeron aquel 11 de septiembre. Somos testigos entonces de un cambio de era.

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