Nuestras palenqueras

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Nuestras palenqueras son un ejemplo perfecto de lo que es el patrimonio inmaterial de Cartagena. Son parte natural de los valores que trascienden murallas, plazas, fuertes y demás especies inmuebles, pues tiene que ver con las tradiciones culturales, culinarias y festivas, que tanto encantan a residentes y visitantes.

A pesar de que son nativas de Palenque, o precisamente por eso, las sentimos como hijas primeras de la ciudad, lo cual puede explicar por qué los cartageneros no concebimos nuestra historia personal sin su presencia en nuestras vidas. Sus amplias sonrisas, la inocente malicia en sus gestos y respuestas cargadas de una chispa y encanto que mujeres de otros lares envidian; el ritmo encantador de sus caderas al paso lento pero firme de sus figuras por las callecitas del Centro amurallado, o por la arena de las playas coronadas de los hermosos colores que portan con garbo en sus poncheras, en una elegancia que envidian hasta las modelos más cotizadas.

Todos queremos a nuestras palenqueras. Y eso explica el escozor que generaron las imágenes en las que una de las más representativas diosas de Palenque, Angelina Cassiani, fue sometida a control policivo.

La reacción no se hizo esperar, y de la hilaridad inicial se dio paso en una nueva manifestación de indignación contra la Policía Nacional por la asociación de ideas que se hizo con otros operativos polémicos en ejecución de normas del nuevo Código de Policía. Por fortuna, muy pronto se pudo conocer la realidad de lo acaecido en el operativo de la Policía, que en el marco de una toma del Centro en cumplimiento de normas que son de imperativo cumplimiento para estas y para las autoridades distritales, decomisaron una mesa que estaba instalada en el Parque Simón Bolívar en el que no solo no pueden instalarse mesas permanentes para la venta de especies de cualquier naturaleza, sino que, además, ninguna palenquera ha estado autorizada para ello, ni ellas reclaman ese derecho. Hizo bien el alcalde Pedrito Pereira en recibir sin remilgos a los representantes de la “Marcha de las puncheras” y declarar que las palenqueras son un patrimonio vivo de la ciudad y siempre serán respetadas por los funcionarios distritales.

Es claro entonces que aun cuando las motivaciones que originaron la reciente toma del Centro son legítimas, algo está fallando en la ejecución de esos actos de autoridad pues en vez de generar empatía con la ciudadanía, terminan despertando sentimientos de rechazo en la comunidad.

El debate sobre si son pertinentes o correctamente interpretadas las normas del Código de Policía, o en cómo se cumplen los operativos fincados en este cuerpo normativo, no debe aplazarse. Y en tal sentido, un paso afortunado lo acaban de dar los voceros de las palenqueras y otros comerciantes informales del Centro, el alcalde, la oficina de Espacio Público, el IPCC y la Policía Nacional, con la instalación de mesas de trabajo para la construcción de políticas públicas que generen consenso equilibrado entre los actores que usan del espacio público en tan importante zona de la ciudad.

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