Odio racial

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¿Qué hay en la mente de una persona racista? ¿Qué tipo de prejuicios le acompañan y cómo afectan su vida en relación? ¿Qué clase de daño o deformación del carácter en sus descendientes puede causar una educación marcada por el odio a otra etnia o por el venenoso sentimiento de superioridad racial? Y, en la práctica, ¿cuánto contribuye a profundizar las desigualdades la percepción reprochable de que un color de la piel manifiesta una supremacía social o de poder sobre otro u otros?

Son preguntas que brotan con frecuencia, sobre todo cuando en Estados Unidos sucede un nuevo incidente racial, principalmente cuando implica a agentes del Estado contra afrodescendientes, pero también contra latinos u otras minorías.

Los sentimientos de repudio que generan en cualquier persona con un alma decente –o con valores humanos comunes–, las imágenes perturbadoras de diversos videos que registran la agonía final de George Floyd ante el agente que le mantuvo inmovilizado con la rodilla sobre su cuello mientras imploraba por su vida, ha puesto nuevamente de manifiesto que las heridas causadas por un inveterado racismo no se cerrarán mientras esa nación no transite hacia una mirada colectiva que reconozca la dignidad que a todo ser humano pertenece por el solo hecho de serlo.

Para ello no sólo es necesario un cambio cultural de fondo en una nación que ha perpetuado, en ambientes de hondo calado supremacista blanco, un sentido odioso de preponderancia racial, también de un lenguaje de respeto y acogimiento en sus líderes, principiando por el presidente de esa gran nación que, con marcada imprudencia, ha protagonizado discursos o frases de una retórica xenófoba o discriminatoria por el origen de la nacionalidad o de la estirpe de minorías étnicas o de los inmigrantes; la naturaleza de esas diatribas deshumanizan los rostros de las vidas y las tragedias que se esconde en cada corazón de un ciudadano excluido o de un migrante aterrorizado, y enciende las mechas de la polarización que fracturan ciudades y comunidades.

La historia demuestra que las grandes insubordinaciones no nacen precisamente de la opresión; miríadas de pueblos han permanecido subyugados por siglos; pero son las ideas llenas de odio o de grandeza las que pueden motivar o las reclamaciones violentas o la poderosa desobediencia pacífica. De allí la importancia del deber de contención que tienen los gobernantes, de no emplear palabras soeces que rebajen la discusión pública; o de erradicar discursos que aúpen sentimientos antinmigrantes, antimusulmanes, antirreligiosos, antisemitas, o que despierten el rechazo por las tendencias sexuales y otras manifestaciones de la personalidad.

Aunque no es para mirarse en el espejo de lo que ocurre en EE. UU., pues cada nación es un mundo singular, sí conviene revisar nuestras miradas al tratamiento que le damos a los prejuicios raciales, para sepultar todo lenguaje que comunique odio, discriminación o división, principalmente a nuestros líderes, pues desde ellos comienza el buen o el mal ejemplo.

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