Editorial


Pax romana

“No será fácil que el alcalde controle su genio, pero tiene el deber de hacerlo, pues los intereses de la ciudad están por encima de sus rabias (...)”.

EL UNIVERSAL

02 de marzo de 2021 12:00 AM

Si le damos fiabilidad al discurso del alcalde William Dau en la instalación del periodo de sesiones ordinarias del Concejo, y la respuesta que su presidente Wilson Toncel Ochoa le dio, 2020 será recordado como el de las disputas y las confrontaciones entre las dos principales instituciones políticas de la ciudad, y 2021 tendría que ser de relativa calma, el de los encuentros constructivos y de la cooperación armónica entre las partes responsables del progreso de esta.

En efecto, el alcalde Dau afirmó ayer su voluntad de sobreponer cualquier diferencia y trabajar de manera articulada con la corporación edilicia, haciendo un deferente llamado a los concejales para que nos demuestren que, como protagonistas de las dos instituciones coadministradoras del Distrito, pueden trabajar unidos sin que medien prebendas y contratos, pero sí la motivación de caminar de consuno por los intereses superiores de Cartagena, especialmente después de un año tan difícil por el advenimiento del COVID-19, que seguirá haciendo daño al menos un año más.

Por su parte, el presidente Toncel Ochoa confirmó el compromiso de los concejales en el propósito de unificar criterios y trabajar unidos por la ciudad, dejando a un lado las diferencias del pasado.

Aunque en algunos sectores de opinión no fue de buen recibo el mensaje positivo que primó en la instalación de este periodo de sesiones ordinarias, seguramente por la escasa confianza que se tiene en que haya una relación armónica entre el alcalde, su equipo de gobierno y los concejales, todos estamos llamados a apostar y contribuir para que esto sea posible, lo cual exigirá de un enorme esfuerzo de los primeros responsables del destino de la ciudad en medio de esta crisis pandémica y del proceso de desinstitucionalización que hemos vivido en los últimos lustros.

No será fácil que el alcalde controle su genio, pero tiene el deber de hacerlo, pues los intereses de la ciudad están por encima de sus rabias, justificadas prevenciones y sombras personales; y en esto sus compañeros en el gabinete distrital tendrán que jugar un papel de pacificadores en vez de agitadores del fuego. Por su parte, los concejales deberán superar prácticas que han definido buena parte de las relaciones con las cabezas del ejecutivo local, y que a estas alturas deben tener claro que no tienen cabida con el alcalde Dau.

Ya vivimos una decepción después de la generosa gestión realizada en abril del año pasado por el arzobispo Jorge Jiménez, que mantuvo una paz relativa algunas semanas. No queremos imaginarnos lo que podría significar dar marcha atrás en esta oportunidad que nuevamente se ofrecen y nos brindan.

En cada sector de la ciudad salta a la vista el desbarajuste en que esta se ha convertido. Si desde arriba los primeros responsables no saben cuidar sus renovados compromisos, la pax romana pactada ayer en la tribuna del Concejo no habrá sido más que otra frustrante quimera.

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