Pensar en salud

03 de abril de 2020 12:00 AM

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Es evidente que la capacidad instalada de camas hospitalarias de la ciudad y el departamento de Bolívar es insuficiente. Así lo demostró el estudio liderado hace varios años por el doctor Nelson Alvis sobre la suficiencia de red hospitalaria. Para la época del estudio necesitábamos más de mil camas para acercarnos al promedio nacional y varios miles para llegar al estándar mundial. Ni qué decir de las camas de UCI.

La historia tendrá que juzgar a los gobernantes que muy poco hicieron para remediar tal desatino.

Por lo anterior, para muchos, y de acuerdo con una “leyenda urbana”, se decía que el mejor hospital de Cartagena era el aeropuerto Rafael Núñez. Esto es, que ante una patología grave lo mejor era tomar un avión y buscar una cama en el exterior, en Bogotá o en Medellín y, últimamente, en Barranquilla.

Durante varios años los médicos de Cartagena se vieron sojuzgados y menospreciados por el estigma de que la atención en salud en la ciudad y el departamento eran deficientes. Esto, muy a pesar de que la preparación, calidad humana y juicio clínico del cuerpo médico eran famosos desde hace más de un siglo, atesorado y enriquecido desde la fundación de la primera facultad de medicina de nuestra Universidad de Cartagena, hace casi 200 años.

Por lustros, figuras nacionales y de talla internacional recibieron durante sus vacaciones, ferias taurinas, congresos y reuniones el juicioso y sabio manejo de prestantes médicos de la ciudad que pusieron su conocimiento, pericia y sabiduría para lograr la atención o la cura de semejantes personajes.

El puerto creció, los cruceros se multiplicaron, inmensos edificios cambiaron la panorámica de la ciudad sin que sus políticos, líderes y dirigentes se preocuparan en serio por mejorar la red hospitalaria, tal vez porque pensaban que un buen médico suplía las deficiencias de estructura, número de camas, insumos, tecnología y recursos hospitalarios. Y cuando algunos quijotes empresariales se esforzaron en traer la mejor tecnología, en nada recibieron el apoyo estatal o empresarial. Por su parte, el tiempo y la corrupción promovieron el deterioro del otrora emblemático Hospital Universitario. El botín burocrático, la rapiña política, la ambición de clanes familiares usufructuaron por décadas de las arcas de la salud.

El menosprecio que se le dio al personal de salud al no pagarles, al tasar su esmerado y sacrificado trabajo en míseras retribuciones, pagadas gota a gota, en corruptas cuotas cada varios meses hasta acumular años inclusive, solo pudo ser soportado por el espíritu de sacrificio y el juramento hipocrático involucrado en el código genético de estos héroes.

Abocados a esta pandemia, y a pocos días del pico epidemiológico y de que nuestro sistema sanitario se vea desbordado, esperamos que la ciudadanía cumpla la recomendación de quedarse en casa, cumplir las estrictas normas de cuarentena, mientras que nuestros políticos y dirigentes se esmeran, esta vez sí y gracias a la coyuntura, en dotar a la ciudad de los cientos de camas y ventiladores necesarios para evitar una catástrofe sanitaria.

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