Editorial


Petro, presidente de Colombia

“Tranquiliza el discurso conciliador de anoche, que abre el margen de confianza esperado para que el país siga su marcha democrática, insertado en una visión...”.

El pueblo colombiano se pronunció y la mayoría de los votantes eligieron a Gustavo Petro Urrego como nuevo presidente, y a Francia Márquez Mina como vicepresidenta, cuya posesión se realizará el 7 de agosto próximo.

La diferencia de votos con la fórmula Hernández-Castillo no fue holgada, pero sí suficiente para que los contradictores de Gustavo Petro aceptaran su triunfo, que es de la izquierda, y de quienes no siéndolo, sintieron que las propuestas del Pacto Histórico significaban un cambio más profundo que el planteado por la Liga de Gobernantes Anticorrupción, pues es claro que en primera vuelta la mayoría de electores se apartaron de la sucesión política encarnada en partidos y movimientos tradicionales que, por cierto, jugarán un papel protagónico en el itinerario de las discusiones, debates y acuerdos en el nuevo Congreso, que tomará posesión el 20 de julio.

Si a esa mayoría que conformará el nuevo parlamento con partidos tradicionales se suman los diez millones seiscientos mil votos que se pronunciaron a favor de las propuestas contrarias a las del Pacto Histórico, encarnadas en Rodolfo Hernández, significa que el presidente electo encuentra un país profundamente dividido, lo que puede suponer dificultades en la gobernabilidad que requiere para promover y lograr la aprobación de los proyectos de ley y las propuestas de reforma a la Constitución Política vía Congreso de la República, sin acudir a asambleas constituyentes o plebiscitos directos con el pueblo.

Frente a la incertidumbre que suscita el arribo al Palacio de Nariño de un gobierno de izquierda por primera vez en nuestra historia, jugará un papel definitivo el talante que le imprima Gustavo Petro al discurso oficial del nuevo gobierno, y de las nuevas caras que comiencen a ocupar los cargos oficiales. Si es, como lo ofreció al final de la punzante campaña electoral, de un sincero llamado a la unidad nacional, calmará los nervios de la casi mitad de los electores colombianos, que vieron en su imagen el riesgo cierto de la pérdida de los valores democráticos que aseguraran una transición tranquila al cambio que se impuso desde la primera vuelta.

Si, por el contrario, durante las primeras semanas y decisiones relevantes muestra un rompimiento drástico con los valores democráticos que han sostenido al régimen republicano más estable de Latinoamérica, a no dudarlo el ambiente de la nación perderá parte de su brillo y el camino hacia la reconciliación nacional será en extremo tortuoso.

En tal sentido, tranquiliza el discurso conciliador de anoche, que abre el margen de confianza esperado para que el país continúe su marcha democrática, insertado en una visión no extrema del socialismo al que hay que recibir con buen ánimo.

Su llamado a la unidad y a gobernar una sola Colombia en la diversidad reclama de todos una respuesta positiva y generosa.

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