Prevenir la disneylandización

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Es inevitable que en pocos años Cartagena de Indias se convierta en la ciudad de mayor crecimiento turístico en el Caribe, salvo que Cuba, con la hermosa pero derruida Habana, se abra al mundo.

Esa explosión turística generará el arribo de millones de viajeros, ávidos de nuevas experiencias, y con esto, dependiendo de cómo nos preparemos para gestionar la inatajable crecida de visitantes, vendrán las alegrías o las pesadillas.

En efecto, si no visionamos ahora cómo cambiará nuestra vida y la de la ciudad, con la llegada de turistas que sumen cantidades que superen el triple o más de la población local en cada vigencia anual, bien podremos convertirnos en otra urbe histórica de las famosas que hoy padecen la dsineylandización del territorio, como ocurre con Barcelona, Venecia, Lisboa, Dubrovnik o Praga.

Ciudades tan emblemáticas como esas, en muy pocos años pasaron de acoger a un turismo de naturaleza cultural y familiar, que suele tratar con consideración el patrimonio arquitectónico y espacios urbanísticos de los centros históricos, a otro masivo, impersonal y devastador, que no logra comprometerse con el entorno, pues el propósito es viajar por el mundo al menor precio posible y con las prisas del pasajero al que le dejará el último vuelo.

Las consecuencias de esta nueva realidad es que los residentes de esas y otras ciudades patrimonio de la humanidad, están desesperados por las enormes molestias e incomodidades que generan las hordas de visitantes, quienes causan problemas tales como el colapso de los servicios públicos domiciliarios, del transporte y la movilidad, el deterioro del medio ambiente, entre otros efectos no menos indeseables.

Mención aparte merece el más traumático de todos, que es el acelerado proceso de expulsión de los residentes locales, quienes deben escapar de la asfixia turística, abandonando sus residencias en los centros históricos, que por eso terminan desfigurando la magia que gesta las leyendas de cada ciudad patrimonio, con la consecuente pérdida de su identidad.

Y todo parece indicar que las cosas eran manejables en esas ciudades cuando los turistas arribaban para alojarse sólo en hoteles, hostales y equivalentes. Pero irrumpieron AirBnb, HomeAway, entre otras páginas especializadas en turismo colaborativo, que conectan sin intermediación a los propietarios de apartamentos y casas en sitios turísticos, con el consecuente bajo costo que supone no tener empleados, ni equipamiento especial, ni el pago de impuestos, ni contribuciones parafiscales, ni registros y controles hoteleros, en fin, toda la gama de cargas y costes que los hoteleros profesionales deben soportar para continuar en ese mercado tan competitivo.

El turismo es una bendición, hasta que comienza a matar a las ciudades que lo acogen. Aún no estamos tan cerca de ese penoso panorama, pero es prudente que comencemos a pensar en las medidas preventivas para que las soluciones avancen más rápido que los problemas que generará el posicionamiento de la ciudad como el mejor destino del Caribe, para que logremos un turismo amable, responsable y sostenible.

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