Problemas con perspectiva

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Ocurre casi siempre a principio de año.

Al tiempo que las páginas de sucesos de este diario se llenan de muertes violentas, casi siempre por cuenta de la mezcla nefasta de drogas (en especial el alcohol) e intolerancia, Cartagena vive una de sus cuatro temporadas altas de turismo.

Se realizan festivales que celebran el arte en todas sus manifestaciones, las calles del Centro Histórico se colman de turistas alegres de todas las nacionalidades. Los vemos con sus sombreros, gafas oscuras y rostros simpáticos.

Pasa justo en ese tiempo. Aunque ello no quiere decir que no pase casi todo el año. Nos referimos a que, como son las vacaciones, más de medio país se cita alrededor de nuestra ciudad, y como nos visitan varios columnistas del interior, escriben comentarios sobre lo sucio que está el sector amurallado; alertan, con aire muy crítico, que las cosas “ya no son como antes” y que Cartagena merece un gobernante que ponga riendas a tanto desastre que califican de “descuido”. Más allá de lo obvio, tienen razón. Vienen a decirnos que el “tránsito es un caos”. Sí. Y que los caballos cocheros “deberían usar pañales”, y estamos de acuerdo.

Es sabido por todos los que vivimos aquí que el problema central, para no afear las calles, no es cómo manejar los residuos fisiológicos de nuestros caballos, sino las precarias condiciones en las que se mantienen algunos de ellos, el maltrato al que son sometidos (no todos) y la conformación de una política pública y administrativa real que reglamente los derechos de estos animales, habitual e históricamente mal explotados.

Aquellos columnistas andinos, no obstante, tienen razón, insistimos. O al menos sus argumentos son más que evidentes. Sin embargo, no podemos limitar la discusión en torno al centro amurallado. Cartagena de Indias es muchísimo más plural que lo que encierran las murallas.

Mucho más preocupante que las percepciones que pueden abstraer nuestros visitantes luego de una semana recorriendo el ‘Corralito de Piedra’ (indignándose cada vez que ven “los papeles, botellas de plástico, colillas y otras porquerías”) el resto de los cartageneros tenemos problemas más apremiantes como la inseguridad que se cierne en la mayoría de los barrios. Prueba de ello, las tres muertes violentas y el ahogado que dejaron las ‘celebraciones’ de fin de año. No olvidemos que un hombre fue asesinado por oponerse a un atraco en el barrio Colombiatón y que otro murió al ser, aparentemente, obligado a entrar a la bahía en el barrio El Zapatero.

Estos hechos se repiten como una vieja película mala de la que se conoce el final. Hace nada, el 31 de diciembre, Pablo Emilio Bustamante, de 36 años, murió luego de ser herido con un arma blanca en el barrio La Esperanza, tras oponerse a otro atraco.

No son hechos aislados, como muchos insisten en hacer creer. Pasa con una frecuencia abominable. Y debería ponernos los pelos de punta a todos. Basta con hacer un repaso de las últimas noticias de sucesos para tener un panorama aterrador.

En los pueblos del área rural de Cartagena también se afianzan tenebrosas pandillas que coartan las libertades y la seguridad del resto de los habitantes y poco se ha hecho para acabarlas.

Tampoco se trata de restar importancia a las críticas que nos hacen. En efecto, la basura se acumula en algunas calles del Centro y en otros muchos puntos de la ciudad, que además es muy grande, sobrepasa los 600 kilómetros cuadrados.

Existen, además, muchos problemas de espacio público y de tránsito, que todas las semanas oublicamos. Lo sabemos. Y hay muchos esfuerzos colectivos dirigidos a solucionarlos.

Es claro que nos hace falta incentivar el sentido de pertenencia en muchos cartageneros, campañas eficaces de cuidado urbano, y ello depende no sólo de las instituciones públicas y privadas de nuestro orbe. También empieza en casa.

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